Por una Sor Juana sin descafeinar

La máscara que le fue impuesta es producto de la censura y de esa especie de sacralidad malentendida con la que se trata a todxs lxs autorxs que llegan a considerarse clásicxs.

Por una Sor Juana sin descafeinar

Poco a poco se compilan y comentan más los poemas lésbicos de Sor Juana. Poco a poco se revelan las cartas de ardoroso afecto que intercambiaba con la virreyna. Poco a poco se cree se le saca a la luz con obras de teatro, tesis y novelas. Pero no era Sor Juana la que estaba en el clóset. No era ella la que disimuló sus afectos ni la verdadera esencia de su persona. No fue ella la que “nos hizo creer” que era heterosexual como intentaron hacerlo muchxs escritorxs lesbianas y gay de otras épocas y contextos. Ni ella la que construyó la imagen hierática y fija de los libros de texto y los billetes de doscientos pesos. No fue Juana de Asbaje, autora profunda, inteligente, humorística, apasionada, sarcástica, la que nos engañó de modo alguno ocultándose en la oscuridad o mostrándose distinta a lo que era. No fue ella.

La máscara que le fue impuesta es producto de la censura y de esa especie de sacralidad malentendida con la que se trata a todxs lxs autorxs que llegan a considerarse clásicxs. Al cánon literario, mayoritariamente masculino, blanco, eurocentrista, capitalista y heterosexual, le cuesta, aún hoy, considerar como universales y trascendentes las obras producidas por “las minorías” (minorías simbólicas, porque, a pesar de no serlo, son infrarrepresentadas en el arte, los medios y la literatura). Sor Juana pertenecía por varias razones a un estatus minoritario, inclusive marginal: mujer, hija de una analfabeta, nacida no sólo en una colonia, sino en una zona calificada por la misma virreyna como “un pueblo de cuatro malas casillas de indios” y sí, también lesbiana.

Su época la trató de enigmático portento y la retrató como podía soportarla: culta al estilo europeo, blanca, castiza, andrógina y, por supuesto, asexuada. La constante alrededor de su imagen es esa: su condición única, irrepetible, inexplicable, ¿quiénes somos nosotrxs, simples mortales, para cuestionar la originalidad casi mitológica de la décima musa? Puesta ahí, en ese lugar, nadie en el mundo podría tocarla, nadie en el mundo podría darle una dimensión humana ni por supuesto, verse identificada con semejante personaje: las mujeres mestizas, marginales, lesbianas de la periferia son lo diametralmente opuesto a esa elegante dama cultérrima.

Quienes recuperaron para sí a Sor Juana fueron los refinados intelectuales del medio siglo. Después las feministas de escritorio y las lesbianas académicas de  clóset. Hoy rubias maricas la proclaman como referente de un movimiento que sigue segregando a mujeres como ella: Sor Juana peón de los intereses académicos, políticos y proselitistas de minorías descafeinadas.

Necesitamos hacer lecturas mestizas de las obras mestizas de Sor Juana, analizar sus personajes indios, negros, femeninos; leer y releer sus poemas populares, sus villancicos escandalosamente escritos en español, latín y náhuatl; leerla y estudiarla desde la marginalidad; recuperarla para las mujeres que desde la periferia luchan por hacer escuchar su voz y darle cuerpo a formas de existencia que la cultura patriarcal, si no puede acallar, domestica, reduce, diluye, refina, blanquea. Necesitamos una Sor Juana rebelde y lesbiana, porque sólo así haremos honor a la ella en realidad fue. Así -y sólo así- un día tal vez llegue el turno a lxs que nos quedan pendientes en el polvoso fondo del armario de la historia.

No fue nunca Sor Juana la hipócrita, la escondida, la temerosa, la closetera, la pretenciosa, la falsa; fue su pluma, trasgresora de la palabra y el tiempo, la que dijo de sí y para todxs: Ser mujer ni estar ausente es de amarte impedimento; pues sabes tú que las almas distancia ignoran y sexo.

Arcano XII

Que busques de balde entrar en ella: una y otra vez. Que pases por ahí, seduciéndola, un día sí y otro también, ¿puede llamarse destino?

Arcano XII

Que te llegue como un rumor el dicho “esa casa embrujada”. Que busques de balde entrar en ella: una y otra vez. Que pases por ahí, seduciéndola, un día sí y otro también, ¿puede llamarse destino?

Destino es el nombre de esa casa; se dice que elije a quienes la visitan y también a quienes pueden salir de ella: La Moira. Descrita por no pocos estudiosxs de lo paranormal como “la casa más embrujada de la Ciudad de México”, es una construcción engañosa por su manufactura sencilla, la zona tan transitada en la que se encuentra; su apariencia casi totalmente convencional. A excepción del color del que está pintada (un azul-violeta) y las dos lunas sobrepuestas en su fachada no hay nada en ella que revele su naturaleza siniestra ni la larga y misteriosa historia que la rodea.

La Moira es una típica casa de dos plantas de la década de los cincuenta que se encuentra ubicada en el número 125 de Juan Escutia en el límite entre la San Miguel Chapultepec y la colonia Condesa. Su leyenda comienza en los años setenta cuando se dice que un huérfano de ocho años de nombre Mario entró y presenció no sólo la serie de cosas extrañas que hasta la fecha reportan lxs habitantes de las casas alrededor (voces, ruidos, sombras, presencias…), sino que en la última habitación del piso de arriba encontró a un colgado. Este hecho, supuestamente narrado por Mario a sus maestrxs, cuidadorxs y compañerxs del orfanatorio, inaugura la historia de La Moira, que ya desde entonces era una casa abandonada.

Antes de proseguir, y sólo porque ya no puedo esperar más para hacerlo notar, debo referir un par de datos que saltan y fascinan: Primero, las moiras eran esas tres hermanas ciegas que representaban al destino, hilaban nuestras vidas y de pronto, con desapasionado capricho, podían cortar el hilo de la existencia de cualquiera: un bebé de brazos, una joven recién casada, el rey… Moira significa “parte” y las lunas pintadas sobre su fachada muestran sólo un tercio de lo que la luna es. Por otro lado, “Mario”, del que no existe registro alguno (ni siquiera por lo que se dice que pasó después), es un anagrama de la palabra “Moira”.

En fin, no bastando la horrible experiencia paranormal del pequeño Mario, se dice que años después volvió a la casa y que apareció -ahorcado- en la última habitación del segundo piso. Algunxs creen que su curiosidad lo hizo volver para cerciorarse de lo que había visto, otros dicen que un llamado demoníaco lo hizo ir y encontrarse con sus asesinxs, otrxs aseguran que lo que Mario vio cuando niño era su propio futuro y algunxs más afirman que se mató en la casa porque lo que vio en ella fue tan terrible que no le permitió vivir…

Lo que sí podemos saber, es que La Moira es conocida por este nombre desde los años setenta, que no existe ningún registro disponible acerca del asesinato o suicidio ocurrido en ella y que, aunque dentro de su historia está haber sido una casa embrujada abierta para lxs curiosxs, un lugar donde se celebraban exorcismos, consultas astrológicas y sesiones espiritistas y, más recientemente, un centro cultural alternativo, hoy es nuevamente una mítica y obscura casa abandonada.

Dentro de la simbología del tarot, el colgado es el ser que se sacrifica a sí mismo, que se ofrenda para que algo o alguien pueda seguir viviendo: el cordero de cuya sangre se alimenta el dios (o el demonio).

Cada martes, sin falta paso por la puerta de La Moira, con la misma reverencia y con miedo, pongo las intermitentes para bajar la velocidad y atisbar por sus ventanas obscuras, por si queda algún rastro de Mario…

Dos veces la misma

En la Colonia Roma, hay una infame casona en ruinas a la que llaman “La casa negra”.

Dos veces la misma

Los gemelos son uno de los misterios inherentes a la biología. Distintos de la mayoría de nosotrxs, son hermanos que vienen unidos de origen y que nacen, si no idénticos, tan parecidos que a una mayoría les cuesta identificarlos y diferenciarlos. La mitología y la literatura reflejan la fascinación permanente que tenemos por esta posibilidad: la mayoría de lxs diosxs que generaron la vida en la tierra fueron una pareja gemela del mismo o distinto sexo.

Se dice inclusive que Jesucristo tenía un hermano gemelo: Tomás apóstol “llamado el Dídimo” es, según el evangelio de San Juan, el seguidor, discípulo y mellizo de Jesús. Tomás y Dídimo quieren decir “gemelo” y no a pocxs les ha llamado la atención que lo que está omitido en el texto sea su verdadero nombre y, si era el gemelo, de quién…

En la Colonia Roma, hay una infame casona en ruinas a la que llaman “La casa negra”. Su aspecto deplorable y extraño tiene muchos años llamando la atención de quienes pasan por ahí, sobre todo en la última década en la que la gentrificación ha hecho de la Roma una zona de lujo y belleza. A su alrededor florecen las boutiques, cafeterías, restaurantes gourmet y muchos bazares de artesanías y productos orgánicos, sin embargo el número 191 de Álvaro Obregón se mantiene incólume en su anacronismo siniestro.

La gente dice que esa casa es “irreparable”: nadie puede remodelarla porque está “tan embrujada” que los trabajadores salen despavoridos ante todo intento. Este 2017 cumplirá 76 años de estar deshabitada: desde la mañana de navidad de 1941 en que sus primeros y únicos inquilinos fueron encontrados sin vida por una joven y desafortunada mucama.

Original en todo, la casa negra de la Roma, parece haber estado maldita desde antes de su construcción. Las muertes ocurridas en ella podrían tener un origen vinculado más con el terreno en sí; hay registro de que durante su edificación en los años veinte hubo diversos accidentes y que el temblor ocurrido en 1921 derribó uno de los muros y mató a varios albañiles que se encontraban en el lugar.

Los crujidos, pasos, azotes de puertas y ventanas, súbitas bajas de temperatura, llantos y lamentaciones que se le adjudican hasta ahora se escuchaban ya desde que se puso la primera piedra con su respectiva cruz y fueron

comentario constante de criadas, choferes, institutrices, cocineras y jardineros desde 1924, año en que la familia Mondragón Landero y Villaurrutia se mudó a vivir ahí. La señora Mondragón y sus tres hijos (dos varones y una niña) comentaron, además, haber visto objetos moverse solos, pero ni ellos ni la servidumbre se atrevían a mencionar nada en frente de don Eduardo Mondragón porque se exasperaba mucho y decía que eran “supercherías de indios” que no debían ser tomadas en cuenta.

La muerte de los cinco miembros de la familia Mondragón sigue siendo un misterio hasta nuestros días. Sin contusiones, cortes, signos de envenenamiento o asfixia amaneció cada uno en su cama con rostro aterrorizado y sin vida. La casa pasó a manos del gobierno quien hasta hoy no ha podido ponerla jamás en venta.

Todo esto se sabe, se dice y se puede leer sobre esta casa y familia que unidas para siempre por una coincidencia trágica; lo que rara vez se menciona es que, a penas a diez metros de la entrada, se encuentra silenciosa una testiga eterna e inmencionada: 191-A, su gemela…

Puro y bestial: Sobre las mujeres de letras y sus amores de cuatro patas (Tercera y última entrega: las gateras)

lxs gatxs han acompañado por muchos siglos a las mujeres de poder y por esa razón, unxs y otras han sufrido un similar destino

Puro y bestial: Sobre las mujeres de letras y sus amores de cuatro patas

(Tercera y última entrega: las gateras)

Detrás de cada hombre hay una gran mujer

y detrás de cada mujer hay un gran gato.

Helena Paz

Después de todo y mucho, llegamos por fin a la tercera y última edición sobre las mujeres de letras y sus amores de cuatro patas, dedicada por supuesto a las amantes de lxs mininxs.

Sigilosoxs e intrépidxs y semiferales, lxs gatxs son consideradxs la compañía ideal de mujeres independientes que disfrutan tener un peludo a su lado, sin sentir que depende de ellas totalmente, a la forma abnegada y maniática de los canes. Lxs gatxs han acompañado por muchos siglos a las mujeres de poder y por esa razón, unxs y otras han sufrido un similar destino: ser juzgadxs de caprichosxs, incomprensibles y hasta malignxs.

Durante la época de la inquisición medieval, se cometieron tantas quemas de brujas como de gatos y se llegó a afirmar que muchas de las primeras se metamorfoseaban en lxs segundxs para cometer sus fechorías.

Lxs gatxs tienen sin duda, un lugar muy importante en el imaginario antiguo y moderno por esa cualidad salvaje que lxs diferencia del resto de los animales de granja y las mascotas: ese halo de ferocidad y misterio, esa profunda displicencia con la que viven sus vidas propias en nuestras casas y frente a nuestros ojos.

Por supuesto, este pequeño acercamiento a la relación de gatxs y escritoras, no es ni exhaustiva ni única, pero estoy segura que, por lo menos, logrará provocarles algunas risas y suspiros a lxs tantxs lectorxs y escritorxs vivxs que gocen de convivir con un felino. Así que, sin más preámbulo, lxs dejo con estos curiosas estampas; gracias por la espera y -nuevamente- ¡bienvenidxs!

Doris Lessing (1919- 2013)

Doris Lessing es una de las más grandes narradoras del siglo veinte y probablemente una de las autoras que más ventiló impúdicamente sus múltiples amores gatunos.

Fascinada desde niña por el temperamento gatuno, documentó 

fotográficamente la vida de sus gatxs y su relación con ellxs a lo largo de toda una vida. Se retrató numerosas veces con el blanco y negro, la negra, la blanca y muchxs tigreadxs y escribió varias historias que lxs mininxs figuran y hasta protagonizan.

En ocasiones lxs gatxs de su literatura viven conflictos que emulan o recrean los humanos, historias entrañables de gatxs inconformes con sus vidas, gatas hartas de la maternidad y sus deberes, gatxs ancianxs o enfermxs puestos a dormir por la decisión de esx otrx con quien comparten la casa…

Particularly cats (1967) fue una primera compilación de cuentos, relatos y ensayos sobre gatxs, a la que siguieron Rufus the survivor, The old age of El Magnífico y finalmente On cats, publicada treinta años más tarde como una especie de tomo definitivo sobre el tema.

Su amor desbordado por estas criaturas conforma una parte inseparable de su vida, imagen y corpus literario. Doris Lessing: gatera apasionada y apasionante.

Patricia Highsmith (1921- 1995)

Misántropa y solitaria, esta imperdible del género negro norteamericano gustaba casi exclusivamente de la compañía felina. Decía que su creatividad se frenaba totalmente cuando se veía obligada a hablar con otras personas, razón por la cual, una vez que pudo vivir de su escritura, no volvió a abandonar su casa más que para hacer las compras semanales.

Comía, escribía, bebía, fumaba y dormía con sus gatos. Sus favoritos eran los siameses y usualmente los llamaba con nombres de sus personajes. Sin embargo con Ripley, el más famoso de sus gatos, sucedió lo opuesto, fue él la inspiración para que nombrara así al protagonista de su famosa serie de cinco novelas, todas con el nombre del personaje en el título.

Sin parecer jamás una mujer hogareña, esta escritora eligió recluirse en su casa para poder realizar su labor creativa, pero no se confundan, ella no habitaba un estudio u oficina, ella se sintió cada día en familia, tanto que es la autora de la tan replicada frase: “A cat makes a house into a home”.

Amparo Dávila (1928- )

Maestra del cuento y única sobreviviente de la generación del medio siglo mexicano,  Amparo Dávila es una de las autoras que en esta lista no podrían faltar. Gatera de nacimiento, ha tenido tantos como su casi centenaria existencia le ha permitido. Su rostro, de rasgos felinos y enormes ojos, fue inmortalizado en numerosas fotografías con su mascota en turno.

Amparo Dávila ha bautizado a la mayoría de sus gatxs con nombres de ríos grandes, caudalosos e intempestivos, ya que es así como le parecen estas criaturas y ha dicho, además, que ambas fuerzas de la naturaleza son las que le parecen más bellas y apasionantes.

Su literatura en cambio, parece ambivalente al respecto; en ella los gatos junto con los demás animales, parecen vigilantes mudos, siniestros y misteriosos que provocan desconfianza y en ocasiones, terror.

Juan José Arreola, que fue por muchos años su vecino, comentó en varias oportunidades que cada vez que pasó a visitarla había algún gato cerca de la máquina de escribir y que eran ellxs, probablemente, lxs verdaderxs autorxs de los misteriosos textos de Dávila. Ella, ni ellxs han declarado nunca nada al respecto.

Alejandra Pizarnik (1936- 1972)

A pesar de su desesperación, su profunda depresión, su rechazo por la vida y por lxs vivxs, Pizarnik nunca dejó de amar a lxs gatxs y exceptuando los momentos más álgidos de su enfermedad, siempre tuvo algunx a quien llamar suyo.

En la mucha correspondencia que intercambió Pizarnik con Silvina Ocampo (también poeta y de quien estaba irremediablemente enamorada), hablaban constantemente de sus respectivxs gatxs, sus mañas y monerías y de sus distintas personalidades. Inclusive en algunas ocasiones acompañaron las misivas con fotos de ellas y sus mascotas con la excusa de conocerlxs y prolongaron así esta apasionada aventura epistolar de la que tan mal librada habría de salir Alejandra.

También con su amigo Julio Cortázar compartía la fascinación por estos animales y no pocas veces dedicaron parte de su charla y correspondencia al mismo tema.

Aunque en su poesía intimista rara vez aparece algo distinto de las proyecciones de su deseo y pensamiento, en La condesa sangrienta, único texto narrativo de su autoría, Pizarnik da un lugar importante a los felinos a quienes relaciona con la magia negra y el vampirismo: “Envíame noventa gatos, Tú, Suprema  Soberana de los gatos. Ordénales que se reúnan viniendo de todos los lugares donde moran, de las montañas, de las aguas, de los ríos, del agua de los techos y del agua de los océanos. Diles que vengan rápido a morder el corazón de…” Tal vez estos emisarios hayan ablandado, mágica y ficcionalmente, los corazones de otras silvinas amadas, esta vez, inefablemente suyas.

 

Elena Garro (1916- 1998) y Helena Paz (1939- 2014)

El gusto de Elena Garro por los gatos fue introducido por su amada e inseparable hija Helena Paz y no viceversa, como muchxs podrían equivocadamente pensar. De niña, Garro convivió con perros que le fueron, en general, indiferentes y en los años que vivió con Paz no tuvieron unxs ni otrxs porque a él no le gustaban. Helena en cambio los adoró desde niña y una vez que sus padres se separaron, la inició en una afición compartida que les duraría el resto de la vida.

Las dos (h)elenas aparecen retratadas juntas o por aparte con muchxs de lxs que fueron sus gatxs favoritos en el tiempo que vivieron en Francia, España y Estados Unidos. Pero fue hasta que volvieron a México en 1993 que pudieron dar rienda suelta a su pasión desenfrenada y adoptar cuantos especímenes quisieron.

La poesía de Helena Paz está llena de imágenes y metáforas relacionadas con los gatos y se dice que Garro terminó definitivamente su larga y tormentosa relación con Bioy Casares cuando este le perdió a una de sus gatas.

Años después de la muerte de su madre, Helena Paz tuvo que deshacerse de sus 36 gatos para poder ingresar al asilo donde murió. Si hay gatxs en el cielo, poco a poco las irán alcanzando allá donde no tendrán que separarse más nunca.

Rita Mae Brown (1944- )

Cerramos con broche de oro esta serie trayendo a cuenta a la más célebre gatera y la más reconocida de las gathijas: Rita Mae Brown y Sneaky Pie Brown.

Esta autora y su gata han escrito tantos libros juntxs que se puede decir que ella es sin lugar a dudas la gata más prolífica de la literatura y supera por mucho a algunxs escritorxs humanxs.

Rita Mae Brown era una reconocida escritora, guionista y amante de lxs gatxs, pero no es hasta 1990 cuando ella y la joven rayada decidieron asociarse y escribir una serie de novelas de misterio, que ambas saltaron universalmente a la fama.

La protagonista de esta colección de veintiséis números es ni más ni menos que una gata llamada Mrs. Murphy y que se cree es el alter ego de la propia Sneaky Pie.

Juntas, Rita Mae Brown y su talentosa hija adoptiva, han roto juntas las barreras del género y la especie para regalarnos horas interminables de entretenimiento y placeres literarios.

Queridxs lectorxs: espero de corazón que hayan disfrutado esta pequeña serie en compañía de sus amadxs e inseparables perrxs y gatxs, que la espera haya valido la pena y que nos encontremos en la siguiente actualización.

Sobre el Taller permanente de Cuento Erótico para Mujeres

Todas pueden encontrar y encontrarse aquí si de verdad les interesan el erotismo, el estudio y la escritura.

Sobre el Taller permanente de Cuento Erótico para Mujeres

El Taller permanente de Cuento Erótico para Mujeres fue creado con la intención de hacer converger en un mismo tiempo-espacio un taller literario, un círculo de mujeres y un laboratorio de reflexión, documentación y lectura sobre erotismo con el objetivo de producir textos narrativos originales y breves que reflejen la diversidad de la experiencia, el deseo y la fantasía de las mujeres. Mi intención era, sobretodo, generar un ambiente seguro donde las integrantes pudiéramos desarrollarnos y aprender unas de otras, libres de jerarquías y de competencia, pero constantemente estimuladas por el conocimiento, la experiencia, la curiosidad, la creatividad y diferencia de las compañeras.

Jóvenes, maduras, viejas. Lesbianas, transexuales, bisexuales, heterosexuales. Solteras, casadas, viudas, divorciadas. Madres y no madres. Profesionistas, estudiantes, trabajadoras, amas de casa. Mujeres conformes con su cuerpo y su sexualidad. Feministas. Mujeres inseguras y peleadas consigo mismas, con sus cuerpos y su imagen. Agnósticas, religiosas, espirituales, supersticiosas. Ex monjas. Escritoras profesionales y amateurs. Todas pueden y han venido. Todas son bienvenidas. Todas pueden encontrar y encontrarse aquí si de verdad les interesan el erotismo, el estudio y la escritura.

De mayo a noviembre del año pasado (2016) el Taller permanente de cuento Erótico para Mujeres realizó varias actividades públicas y privadas para celebrar sus primeros diez años de existencia. Para ello se llevaron a cabo cuatro conversatorios- lectura en distintos puntos de la ciudad y un encuentro intergeneracional de varios días en una ecoaldea en Atlixco, Puebla. Los primeros nos dieron la oportunidad de compartir públicamente el producto de los varios meses (a veces años) de trabajo dentro del taller: nuestra palabra, nuestros cuentos hechos de retazos de nosotras mismas y del esfuerzo y complicidad de cada una de las asistentes que semana a semana enriquecen cada texto con sus observaciones. También fue la ocasión de abrir y ampliar nuestro círculo y literatura a madres, padres, hijxs, parejas, amigxs, hermanxs nuestrxs y de nuestras compañeras, de conocernos y reconocernos, de darle cara a los nombres, a las anécdotas… El segundo fue una fiesta continua, continuada y llena de emociones en la que hicimos por coincidir todas: las de cada una de las once generaciones, las de cada distinta sede u horario, las que eran amigas o conocidas de antemano y las que llegaron conociendo a muy pocas y salieron hermanadas con más de una. Sí leímos, escribimos, comimos, bebimos, platicamos, bailamos, reímos, reímos, reímos y fuimos felices, porque eso es lo que hemos hecho desde mayo del 2006 en que por primera vez existió nuestro punto de encuentro: escribir, crecer y ser juntas.

Por causa (y gracia) de este Taller hemos publicado tres antologías de cuentos eróticos: La pluma del deseo (2011), Nacidas de Eros (2014) y De la boca de Venus que se estará presentando en las siguientes semanas en diversas sedes dentro y fuera de la ciudad.

Así que si eres mujer mayor de edad, vives en Ciudad de México, te apasiona leer y escribir, te interesan el erotismo, el cuerpo, el arte y la sexualidad y no le tienes miedo al autoconocimiento, esto no es una invitación: es un llamado.

Taller permanente de Cuento Erótico para Mujeres

Creado e impartido por Artemisa Téllez

A partir de 23 febrero  del 2018

Viernes de 7 a 9pm.

El Juglar. Manuel M. Ponce 223, Guadalupe Inn. 

Si te interesa este taller déjame tus datos

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Puro y bestial Sobre las mujeres de letras y sus amores de cuatro patas (Segunda entrega: las perreras)

Estxs canes acompañan a sus escritoras en fama y presencia

Puro y bestial

Sobre las mujeres de letras y sus amores de cuatro patas

(Segunda entrega: las perreras)

De pequeños, torpes y alocados; de adultos, pausados y soñolientos. Tiernos siempre y dispuestos a la entrega más profunda a cambio de una atención esporádica y tibia. Lxs perrxs aman frenéticamente y es su adicción al amor, lo que lxs hace irresistibles. Su persistencia en el afecto, su mirada melíflua de eternxs enamoradxs, lxs convierte en guardianxs de un sueño de otra forma inconcebible: que el amor verdadero existe en este mundo, no como el estado voluntarioso de dos circunstancias o dos temperamentos, sino como una disposición profunda y definitiva.

Dispuestxs a esperar la más pura de las correspondencias, estxs canes acompañan a sus escritoras en fama y presencia y constituyen en no pocos de los casos, el reflejo más confiable de su personalidad.

Existen desde luego muchas, muchísimas historias como las que a continuación compilo para ustedes, pero debí tomar para este espacio sólo las que me conmovieron más ¡Bienvenidxs, nuevamente!

Emily Dickinson fue una excéntrica poeta estadounidense que probablemente sufría de agorafobia, ya que cada año de su vida se fue recluyendo más y más hasta quedar totalmente confinada a su recámara en la que escribió 1800 poemas que son considerados fundamentales dentro de la tradición literaria de su país. Su decreciente interés por las personas estuvo acompañado de una pasión constante por los perros y las plantas.

A pesar de haber tenido varios perros en su vida, Carlo es el único que goza de enorme nombre y fama, probablemente porque en los años que estuvieron juntxs (1849- 1966) la poeta todavía mantenía correspondencia con amigxs e intelectuales de la época a quienes les contaba sobre sus travesuras.

Aquel enorme e inseparable perro negro, fue homenajeado también con varios poemas a lo largo de su vida y después de muerto. Inclusive Emily le confesó a su amada cuñada que estaba segura que si moría e iba al cielo el primero que saldría a su encuentro sería su “dear, faithful old friend Carlo”.

Radclyffe Hall, autora de la primera novela lésbica The well of loneliness tenía dos enormes debilidades en la vida: las mujeres que cantaban y lxs perrxs. Ella y su pareja de vida, la escultora y traductora Una Troubridge tuvieron varias “colecciones” de ellxs en las diversas casas que compartieron en sus veintiséis años de relación.

Cuando jóvenes tuvieron varixs perrxs salchicha y ya en los últimos años de la vida de Hall, parejas o tercias de bulldog franceses y french poodles gigantes. Juntas e individualmente, se fotografiaron con miembros de su manada y en no pocas ocasiones, aparece la familia completa: de dos y de cuatro patas.

La pasión de Hall por sus mascotas está presente en su conocida novela en la que una joven e incomprendida Stephen Gordon se siente cómoda y feliz únicamente en la amorosa compañía de su caballo y perros.

Virginia Woolf. Pocxs saben que el primer ensayo que Woolf logró publicar en su vida era un largo y sentido obituario al perro de la familia. Muchos años después, ya en el pináculo de su carrera, la escritora dedicará nuevamente un original homenaje literario a esta relación de complicidad y entendimiento en su novela Flush.

Con los años, la escritora, que podría considerarse casi una anacoreta, disfrutaba cada vez menos de la compañía de las únicas personas con las que departía, escritorxs e intelectuales, pero hasta en sus años de mayor soledad y depresión, tuvo a su lado a sus perros, en su mayoría Cocker Spaniel, como lo era Flush.

Alison Light se atreve inclusive a afirmar que en este ejercicio de “habitar otras especies”, Virginia Woolf había encontrado el mejor de sus disfraces.

Agatha Christie es una escritora policíaca cuyos libros encontramos indefectiblemente en las bibliotecas de nuestras madres, abuelos, tíos, escuelas… Su amor por los perros fue sin lugar a dudas, tan largo e intenso como su vida; a pesar de lo mucho que viajaba, no hubo una sola etapa en la que no tuviera uno.

Después de su divorcio en 1926, su terrier, Peter, se volvió no solamente su mejor amigo, sino su fuente principal de amor, compañía e inspiración. Diez años más tarde su querido perro se convirtió en protagonista de una de sus novelas más exitosas, El testigo mudo, en el cual Bob (nombre ficticio de Peter) es, desde luego, el único testigo de un asesinato.

Clarise Lispector es una cuentista y novelista maravillosa cuyo amor por los perros de carne y huesos sólo fue superado por su interés en el perro como personaje e inclusive protagonista, de la ficción literaria. Sus perros, misteriosos y entrañables ocuparon un lugar relevante en sus páginas y en su vida, existen muchos textos, muchas fotos, que atestiguan esa devoción, pero la más dulce e inolvidable es para mí esta frase que extraigo de Un soplo de vida, el último libro que publicó: “Mi perro me reaviva por entero. Sin hablar de que duerme a veces a mis pies llenando la habitación de cálida vida húmeda. Mi perro me enseña a vivir. El sólo está siendo. Ser es su actividad. Y ser es mi intimidad más profunda.”

Sandra Cisneros es una famosa autora chicana conocida por sus letras y por sus casas (la de “Mango street”, la más célebre de sus novelas y la estilo King William que vivió en San Antonio Texas y que causó enorme polémica cuando decidió pintarla de lila, rosa y verde) y como podrán imaginarse: gran amante de los perros.

Tiene jaurías enteras, adoptadas y de preferencia de origen mexicano. Chihuahuas y xoloescuincles son sus razas favoritas, pero no se detiene a la hora de acoger nuevxs amigxs de todos los tamaños, colores y formas.

En su reciente mudanza a la ciudad de Cuernavaca, llegó con la familia completa: ocho perros saltarines que han de acompañarla en su sueño de volver a la raíz.

Espero, queridxs míxs, que hayan disfrutado esta entrada especial, concebida para amantes de las letras y lxs perrxs. La próxima semana será mi última actualización de esta serie, dedicada, desde luego, a las escritoras y sus amores gatunos…

(Leer primera entrega)

 

Puro y bestial: sobre las mujeres de letras y sus amores de cuatro patas (Primera entrega)

es el anhelo paradójico de sentir algo vivo y querido respirar mientras se desarrollan universos enteros a los que nadie más puede acceder…

Puro y bestial: sobre las mujeres de letras y sus amores de cuatro patas  (Primera entrega)

Para Ciro y Luci.
Para Malicho en el cielo de mi recuerdo.
Para Tere, con amor.

No es sólo que la gente hable cada vez más banalidades. No es sólo que prefieran la dulzura de los espacios propios que el extenuante esfuerzo de socializar y tratar de caer bien. No es sólo que este oficio que embelesa y abisma se alimente de las largas horas de encierro; es también la necesidad de silencio en compañía, el anhelo paradójico de sentir algo vivo y querido respirar mientras se desarrollan universos enteros a los que nadie más puede acceder…

Duendes o ángeles menores, llamadxs amigxs siempre y muchas veces también “hijxs”, “compañerxs” o “guardianxs”, poseen un nombre genérico -mascota- que significa “bruja pequeña”.

Las mascotas más comunes en el mundo han sido, por supuesto, perros y gatos. Durante muchos siglos tener un perro o gato en casa significaba una protección energética y un símbolo de buena suerte. En muchos casos, el nombre mismo del animal de compañía era para lxs dueñxs un talismán, por lo que consideraban conveniente llamarle en público con un apodo.

La relación que se establece con las mascotas rompe la lógica social. Quien las tiene no necesita tanto la costosa compañía de las personas, se siente confortadx en las tristezas y consoladx en la desgracia, pero de una manera muy diferente: sin prejuicio ni juicio, sin crítica, sin consecuencias. El valor de este afecto -acrítico, gratuito y desinteresado- aumenta miriáticamente cuando se es mujer; este tipo de amor es el que se supone brindamos las hermanas, esposas y madres, pero no es el que recibimos de vuelta. Para ser amadas las mujeres debemos “merecerlo” y portar este merecimiento (por virtud o belleza) como una medalla prendida al pecho durante toda la vida.

Las escritoras -monstruas mitológicas, animales fóbicos, raza de hechiceras- en pocas ocasiones cumplen con los estándares exigidos a las mujeres para ser queridas, deseables o ejemplares. Cumplen más bien, en la mayor parte de los casos, con todas las características impropias de su sexo: mentes brillantes, fuertes opiniones, poco interés por la belleza física y las labores domésticas y -desde luego- un rico mundo interior que las ocupa y las mantiene alejadas del naturalizado oficio femenino de cuidadora.

Célebres escritoras de todos los tiempos han amado e inmortalizado a sus perros y gatos a través de sus escritos o bien haciéndose retratar y/o fotografiar con ellxs. Algunas prefirieron misteriosxs felinxs y otras fieles canes de ojos melancólicos y mirada enamorada. La fama de estas mascotas es en algunas ocasiones equiparable a la de sus dueñas, a nuestros oídos llegan sus nombres, ya desde hace tantos años en desuso, medallas y cascabeles olvidados en el fondo de un cajón, pero entrañables para siempre.

Este texto es el primero de una serie en la que pienso abordar algunos datos sobre escritoras y sus mascotas. Un homenaje a ese afecto puro y bestial que sólo comprendemos quienes lo vivimos así. Espero la sigan y la disfruten…

La paradoja de la Señora Macha

si no quiero ser una fémina, mujer, seño, señora, señorita, dama, madama, damita, madre, madrecita, entonces ¿qué soy?

La paradoja de la Señora Macha

Todo comienza así: un día, como con un radar, cumples treinta y todxs, absolutamente, te empiezan a llamar “señora”. Señora, que debería ser un apelativo cualquiera, suena en tus oídos como un insulto, como un reproche, como un recordatorio de que ya -o bolsa del mercado y niñxs- o estás fuera del lugar. Yo, como siempre, estaba fuera de lugar.

Me lo tomé con sentido del humor, siempre, desde adolescente, había dicho que la palabra “señorita” es espantosa, chocante, como buen diminutivo: señora chiquita, pequeña, enana, diminuta… No me gustaba; además de que carga con una especie de contenido malicioso “la que es virgen”. Señora, sin embargo, aunque me parece más justo lingüísticamente hablando, más adecuado a mi edad, sobretodo a mi tamaño, parece tener un sentido específico con el que no somos capaces de identificarnos muchas mujeres de mi generación. Es que no somos necesariamente solteras o casadas, vírgenes o madres, hijas de familia o amas de casa: somos algo diferente que no quiere ajustarse, reducirse, conformarse con ese epíteto que aunque se diga lo opuesto, en muchos casos, sí busca ser ofensivo.

“Señora joven”, “señora bonita” son expresiones que demuestran que la palabra en sí podría significar “vieja fea”. Me río, en realidad me estoy riendo. Es que las expresiones con las que nuestra lengua categoriza a las mujeres son de por sí muy poco halagüeñas. Señora.- 1 femenino del latín seniorem que significa más viejo. 2 Forma respetuosa para dirigirse a una mujer de edad avanzada. 3 Esposa de un señor. 4 Madre. 5 Suegra. 6 Ama de casa con respecto a sus criados (así en masculino). 7 Fina o decente. Por supuesto no nos iría mejor haciendo este mismo ejercicio con términos como dama, señorita y mujer (“criada”, “casadera” y “blanda”, respectivamente). Es que ser del sexo femenino (“que se puede fecundar”) es también un problema de léxico, de vocabulario, de concepción: si no quiero ser una fémina, mujer, seño, señora, señorita, dama, madama, damita, madre, madrecita, entonces ¿qué soy?

En fin que me llaman “señora” las señoras y señores (algunos cuarenta o cincuenta años mayores que yo), me llaman “señora” lxs chavxs de los puestos, de la colonia, de la facultad (“maestra” en el mejor de los casos), me llaman “señora” niñxs de todas las edades y si le cuento mi sorpresa a alguna amiga, está presta a recordarme que eso soy, que ya estoy adulta y tengo canas (6), que uso lentes para leer, ¡que hasta estoy casada!

Este verano -peligroso y criminal- mi amigo Guillermo R. Escamilla, aprovechó la visita a la Ciudad de México de varias de las protagonistas de su documental Tenías que ser macha para emprender una nueva serie de presentaciones del video. Antes, durante y después de cada una hubo encuentros y desencuentros seriales, recuento de viejas anécdotas, mezcal, tacos, cerveza y la memoria reciente y viva de todo lo que en esa película ocurre: nosotras y nuestrxs amigxs, doce años más jóvenes, bebiendo y bailando en las entrañables y legendarias fiestas lésbicas de Meras efímeras.

Alrededor de mí, amigxs y conocidxs -algunxs ya irreconocibles- ávidxs de hurgar en esas experiencias entrañables, voluntariamente dejadas atrás. La melancolía, la nostalgia que no siento sentadas a la mesa y haciéndome muecas. Para mí nada ha cambiado, la vida hizo lo suyo -seguir- y nosotrxs con ella. Sin embargo insisten en decirme lo que ya no toman y ya no comen y en ir a bailar “sólo un ratito” o en contar cómo ya no aguantan igual, ya no son lxs mismxs… Me rebelo, yo que no soy señora, ni dama, ni mujer, ni señorita, me rebelo.

Sin embargo vuelvo a casa antes de las once, me quito con alivio el pantalón que me aprieta porque comí demasiado queso y me miro en el espejo con una frase amorosa punzándome en las sienes “lo más emocionante de todo fue ver a nuestra maestra cuando era joven”.

Es que debe haber otra forma de ser una mujer de treinta y siete años casada con una mujer, con perro y sin hijxs. Debe haber otro término liberador que no signifique vieja, madre, esposa, propiedad, criada ni débil. Tal vez ese término es “lesbiana”. Tal vez ese término sea “macha”. Tal vez eso me signifique hoy para mí y me permita sentirme bien en este cuerpo, en esta cabeza y vida que no son ni aspiran a ser los de una señora fina y decente.

No te metas con mi lucha o su odio con rueditas

si su odio de 5000 años no han podido con nosotrxs, van a necesitar algo más que su ridículo camión para detenernos.

No te metas con mi lucha o su odio con rueditas

Ha llegado a México el indigno camión anaranjado, ese que además de atacar directamente a transexuales, intersexuales, hermafroditas y transgénero, tiene la espantosa leyenda “dejen a los niños en paz”, invisibilizando una vez más a las niñas y culpando a sexólogxs, activistas LGBTTTI y maestrxs progresistas de confundir las mentes infantiles por hablarles del hecho (verídico y comprobable) de que existen otras prácticas e identidades fuera de la heterosexual.

Nuevamente se manifiestan contra lo que tan equivocadamente llaman “ideología de género”, pero sobre todo contra los derechos de esxs hijxs a lxs que tanto defienden y procuran proteger. Es que la ideología de género no la inventaron lxs transexuales, ni lxs educadorxs, ni lxs activistas: el género (como la noción de que ciertas cualidades, actitudes y actividades son propias de los varones y no de las mujeres o viceversa) surge en la prehistoria a partir de la división del trabajo y lleva reafirmándose (como toda ideología falaz) de manera obsesiva y constante desde entonces, con consecuencias bastante desastrosas por cierto. En ese sentido, defender que las niñas son niñas siempre y sólo si tienen vulva, sería imponer la ideología de género que tanto critican.

Este movimiento (de las marchas “en favor de la familia” de septiembre pasado y del recién adquirido camión pro discriminación) copia los mecanismos, frases y discursos de movimientos similares en España, Perú, Colombia, Costa Rica y otros países de centro y sudamérica, demostrando que a nivel mundial los derechos de las personas LGBTTTI y de lxs niñxs van perdiendo terreno frente a la arbitrariedad y la intolerancia de las asociaciones de extrema derecha. Porque esxs niñxs, a quienes ellxs llaman “sus” niñxs, “sus” hijxs, no son de su propiedad ni son tábulas rasas en las cuales replicar sus identidades y creencias, son individuos con una sexualidad, afectividad y personalidad todavía por explorar y descubrir; muchxs de ellxs, como nosotrxs, serán bisexuales, lesbianas, transexuales, transgénero o gay de todas maneras, sólo que crecerán con miedo, confusión, falta de información y de apoyo.

Cuando población vulnerable se levanta para visibilizar la discriminación, persecución, abusos y estigma de los que es y ha sido históricamente objeto, no sólo se libera a sí misma, sino inclusive a lxs hijxs de sus enemigxs y detractorxs. Es por eso que le llamamos la marcha del ORGULLO; si su odio de 5000 años no han podido con nosotrxs, van a necesitar algo más que su ridículo camión para detenernos.

Mujer Maravilla: 3 mil veces la misma cara

La Mujer Maravilla decía frases poderosas y rompedoras que clamaban igualdad y justicia para las mujeres.

Mujer Maravilla: 3 mil veces la misma cara.

Más que decepcionante nos resultó a mis amigos y a mí el reciente estreno de La Mujer Maravilla. Dirigida por una mujer, actuada por una actriz poco conocida, esperábamos de la cinta un poco más que una serie de poses bonitas. Y es que la Mujer Maravilla fue en su momento símbolo de un movimiento feminista con el que parece estar divorciada.

La Mujer Maravilla decía frases poderosas y rompedoras que clamaban igualdad y justicia para las mujeres. En no pocas ocasiones, tanto en el cómic (1941) como en la serie (1971) las mujeres fueron presentadas como luchadoras naturales contra la guerra, con una estatura moral mayor a la de los varones. El símbolo de las cadenas rotas (con las que aparecía constantemente la Mujer Maravilla y otros personajes femeninos) era equiparado con el yugo matrimonial y la jerarquía sexual. Cuando Steve -el galán al que ella salvaba episodio tras episodio- le preguntaba cuándo se casarían recibía siempre por respuesta “cuando el mal y la injusticia desaparezcan de la faz de la tierra”.

La Mujer Maravilla era por tanto, una emancipadora de la guerra y sus males, pero también una luchadora abierta por las causas de las mujeres. La misma Lynda Carter (protagonista de la serie de los setentas) ha contado en entrevistas que tanto ella como la producción recibieron críticas y amenazas por algunos diálogos y escenas que resultaron “tan feministas” que hirieron la frágil susceptibilidad del status quo.

En la versión de 2017, sin embargo, encontramos una Mujer Maravilla despolitizada y sin sentido del humor. Ni su imagen ni su discurso nos invitan a cuestionar las formas preestablecidas de la mujer dentro de la sociedad machista. Prototípicamente bella y enamorada, Diana sale de su paradisíaco lugar de origen para sumirse en una guerra en la que no aparece una sola mujer que no sea una víctima, a pesar de que fue precisamente durante la guerra mundial cuando las mujeres empezaron a tener notoria participación en la milicia, la política y la vida pública. El único personaje femenino relevante que figura en la película es Dr. Maru, una especie de científica loca deforme que trabaja para los nazis y que al final es puesta como títere del supervillano varón. Sus aliados son todos hombres, el principal es su novio quien tiene en la cinta tanta importancia como la protagonista.

En el momento crucial -la lucha definitiva entre la Mujer Maravilla y Ares, el dios malo al que Diana se ha pasado persiguiendo toda la película- ella parece particularmente débil y desvalida y sólo puede derrotarlo en el último momento impulsada por el dolor, la pérdida y “su fe en el amor”.

Esta imagen (la mujer que se fortalece y triunfa sólo a través del dolor y el amor) se repite una y otra vez en el cine con personajes arquetípicos y trillados como las princesas de Disney, definitivamente no necesitábamos que viniera la Mujer Maravilla a repetirnos lo

mismo con una minifalda y una diadema diferentes.

El miedo de tener una protagonista femenina fuerte y capaz, una que se enoje, sude, grite y se despeine; una que opaque la violencia masculina con un despliegue de heroísmo brutal, sigue estando presente en el 2017. La Mujer Maravilla no es más que otra excusa para vender una historia de hombres heroicos con una protagonista en minifalda.

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