La paradoja de la Señora Macha

si no quiero ser una fémina, mujer, seño, señora, señorita, dama, madama, damita, madre, madrecita, entonces ¿qué soy?

La paradoja de la Señora Macha

Todo comienza así: un día, como con un radar, cumples treinta y todxs, absolutamente, te empiezan a llamar “señora”. Señora, que debería ser un apelativo cualquiera, suena en tus oídos como un insulto, como un reproche, como un recordatorio de que ya -o bolsa del mercado y niñxs- o estás fuera del lugar. Yo, como siempre, estaba fuera de lugar.

Me lo tomé con sentido del humor, siempre, desde adolescente, había dicho que la palabra “señorita” es espantosa, chocante, como buen diminutivo: señora chiquita, pequeña, enana, diminuta… No me gustaba; además de que carga con una especie de contenido malicioso “la que es virgen”. Señora, sin embargo, aunque me parece más justo lingüísticamente hablando, más adecuado a mi edad, sobretodo a mi tamaño, parece tener un sentido específico con el que no somos capaces de identificarnos muchas mujeres de mi generación. Es que no somos necesariamente solteras o casadas, vírgenes o madres, hijas de familia o amas de casa: somos algo diferente que no quiere ajustarse, reducirse, conformarse con ese epíteto que aunque se diga lo opuesto, en muchos casos, sí busca ser ofensivo.

“Señora joven”, “señora bonita” son expresiones que demuestran que la palabra en sí podría significar “vieja fea”. Me río, en realidad me estoy riendo. Es que las expresiones con las que nuestra lengua categoriza a las mujeres son de por sí muy poco halagüeñas. Señora.- 1 femenino del latín seniorem que significa más viejo. 2 Forma respetuosa para dirigirse a una mujer de edad avanzada. 3 Esposa de un señor. 4 Madre. 5 Suegra. 6 Ama de casa con respecto a sus criados (así en masculino). 7 Fina o decente. Por supuesto no nos iría mejor haciendo este mismo ejercicio con términos como dama, señorita y mujer (“criada”, “casadera” y “blanda”, respectivamente). Es que ser del sexo femenino (“que se puede fecundar”) es también un problema de léxico, de vocabulario, de concepción: si no quiero ser una fémina, mujer, seño, señora, señorita, dama, madama, damita, madre, madrecita, entonces ¿qué soy?

En fin que me llaman “señora” las señoras y señores (algunos cuarenta o cincuenta años mayores que yo), me llaman “señora” lxs chavxs de los puestos, de la colonia, de la facultad (“maestra” en el mejor de los casos), me llaman “señora” niñxs de todas las edades y si le cuento mi sorpresa a alguna amiga, está presta a recordarme que eso soy, que ya estoy adulta y tengo canas (6), que uso lentes para leer, ¡que hasta estoy casada!

Este verano -peligroso y criminal- mi amigo Guillermo R. Escamilla, aprovechó la visita a la Ciudad de México de varias de las protagonistas de su documental Tenías que ser macha para emprender una nueva serie de presentaciones del video. Antes, durante y después de cada una hubo encuentros y desencuentros seriales, recuento de viejas anécdotas, mezcal, tacos, cerveza y la memoria reciente y viva de todo lo que en esa película ocurre: nosotras y nuestrxs amigxs, doce años más jóvenes, bebiendo y bailando en las entrañables y legendarias fiestas lésbicas de Meras efímeras.

Alrededor de mí, amigxs y conocidxs -algunxs ya irreconocibles- ávidxs de hurgar en esas experiencias entrañables, voluntariamente dejadas atrás. La melancolía, la nostalgia que no siento sentadas a la mesa y haciéndome muecas. Para mí nada ha cambiado, la vida hizo lo suyo -seguir- y nosotrxs con ella. Sin embargo insisten en decirme lo que ya no toman y ya no comen y en ir a bailar “sólo un ratito” o en contar cómo ya no aguantan igual, ya no son lxs mismxs… Me rebelo, yo que no soy señora, ni dama, ni mujer, ni señorita, me rebelo.

Sin embargo vuelvo a casa antes de las once, me quito con alivio el pantalón que me aprieta porque comí demasiado queso y me miro en el espejo con una frase amorosa punzándome en las sienes “lo más emocionante de todo fue ver a nuestra maestra cuando era joven”.

Es que debe haber otra forma de ser una mujer de treinta y siete años casada con una mujer, con perro y sin hijxs. Debe haber otro término liberador que no signifique vieja, madre, esposa, propiedad, criada ni débil. Tal vez ese término es “lesbiana”. Tal vez ese término sea “macha”. Tal vez eso me signifique hoy para mí y me permita sentirme bien en este cuerpo, en esta cabeza y vida que no son ni aspiran a ser los de una señora fina y decente.

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