Artemisa Téllez

Escritora Mexicana Artemisa Téllez, novelista, tallerista, poeta y dramaturga. Creadora del taller de cuento erótico para mujeres. Escritora de la novela lésbica ilustrada crema de vainilla.

Escritora mexicana.

Artemisa Téllez (1979) escribidora, artífice de excéntricos talleres literarios y diva de bajo presupuesto, nació en la Ciudad de México a las 9 de la noche de un 24 de agosto en que hubo una gran tormenta.

Su afición por la palabra e inclinaciones literarias se manifestaron pronto cuando  -mientras su tía Gris y ella se balanceaban en el columpio- se dedicaba a conjugar verbos, inventar palabras nuevas y narrar todo cuanto sucedía a su alrededor. El éxito en la multiplicidad de concursos literarios que promueve la Secretaría de Educación la hizo consciente de su supuesto don y a los once años se autodenominó escritora. A los catorce años era más prolífica que Juan Gabriel y escribía rigurosamente un cuento, poema o canción al día, todos ellos de bastante discutible calidad; también hacía cómics, acrósticos, calaveras, una columna de chismes escolares y poemas por encargo que vendía entre maestras y compañeras.

Su poco sorpresivo (aunque muy emotivo) ingreso a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM fue cuatro años más tarde. Ahí -además de tener algunos novios y novias, descubrir sus inclinaciones no literarias, hacerse de los más grandes amigos y los más fieles y sinceros detractores- estudió la licenciatura en Letras Hispánicas y presentó un año más tarde su primer libro.

Versos cautivos (poesía, 2001) fue presentado por Graciela Cándano y Huberto Bátis y marcó para Artemisa el principio de una carrera entre la euforia y el desasosiego: “Versos cautivos salió tarde, fue un hijo póstumo que reconocí mío parcialmente avergonzada. Es que cuando salió a la luz ya no creía en él tan firmemente como cuando lo planeé, dos años antes” La tardanza de la edición se había debido a un fraude, la persona encargada de hacerlo se había huido con el dinero y un amigo de ambas partes trató de conciliar con el trabajo a fin de que nadie se perjudicara. De cualquier modo este fruto un tanto mayugado hizo que la joven autora probara el sabor dulcísimo de las primeras entrevistas, las primeras críticas, los autógrafos, presentaciones y ventas. Publicó en revistas virtuales, antologías estudiantiles y prensa itinerante; incursionó en la turbiedad de la política universitaria y formó su primer ciclo de tertulias literarias: el último jueves de cada mes en el “Café Murmullos”.

Tras la larga enfermedad y muerte de su madre, Artemisa se retiró de la vida pública y se dedicó a hacer un intento por terminar su carrera y establecerse en –non sancto- matrimonio con una mujer. Ninguno de los dos proyectos prosperó y a los tres años, aún sin graduarse y recién separada, presentó su segundo libro Un encuentro y otros, cinco relatos lésbicos que le abrieron las puertas a nuevas maneras y espacios de expresión.

Durante los años siguientes trabajó como “escritora y lesbiana de tiempo completo”. Produjo junto con Fabiola Jiménez dos espectáculos musicopoéticos (“Efímeros goces” e “Inés, yo con tu amor…”) y se presentaron ininterrumpidamente por casi cuatro años en marchas, mítines, festivales y jornadas culturales. Formó parte de una colectiva lésbica (Meras efímeras) que buscaba generar alternativas artísticas, culturales, lúdicas y mediáticas para mujeres lesbianas en México y ha escribió para distintos medios LGBT. Fué también editora de la revista virtual sobre diversidad sexual dentrodelcoctel y de la sección lésbica de la revista Homópolis y locutora y co-productora de la revista radiofónica “Meras efímeras presenta” .

En el año 2006 fundó el primer taller de cuento erótico para mujeres, mismo que ha coordinado por diez años y con el que produjo dos antologías que publicó Aquelarre Editorial: La pluma del deseo y Nacidas de Eros.

Cansada del ajetreo, las desveladas constantes y la vida disipada que en dosis menores solía disfrutar, Artemisa decidió nuevamente cambiar de rumbo, regresó a la universidad y se graduó con postergados honores, se inscribió en la maestría en Letras Mexicanas. 

En esos años de mayor estabilidad y madurez ha publicado artículos y ensayos, participado en más de diez antologías tanto nacionales como internacionales, ganado un par de premios, hecho crítica de teatro y publicado cuatro libros más: Cuerpo de mi soledad, Crema de vainilla, Fotografías instantáneas y Cangrejo. “He sido afortunada, he podido hacer lo que me ha venido en gana y últimamente hasta me pagan por hacerlo”.

Actualmente Artemisa imparte cursos, seminarios y talleres de literatura, ha montado ya, junto con el colectivo Es cena, dos obras de teatro breve de su autoría: Hope y Colorado River.

Ella reconoce que el alcohol ha sido, fue y será, su mayor influencia literaria.

Artemisa Téllez

 

Es por esto -y por mi inagotable necesidad de transmitir y contagiar mi amor por el género- que me atrevo a publicar esta lista en la que están algunxs -¡no todxs!- de lxs cuentistas más fundamentales para mí.

Sólo por el placer o La Torre de Sabiduría

Creo que sí, que ya lo saben, que a todxs lxs que me han prestado oídos se los he dicho alguna vez: he vivido, desde niña, loca obsesionada por los cuentos. Generan en mí una fascinación distinta, no sólo al resto de los estímulos de la vida, sino -concretamente- a los demás géneros literarios. El cuento es un caballo de Troya, una caja de Pandora que contiene muchos mundos imaginables, reales y posibles…

Desde niña lo supe, mucho antes de empezar a leer: Memorice varios cuentos, los repetía, se los contaba a mamá, papá y a mis abuelas, a las personas que venían a casa o a lxs vecinxs; les agregaba y quitaba cosas; estaban ahí -vivos- haciéndose míos y públicos a medida que los compartíamos. Cuando aprendí a leer, los coleccionaba. Tenía un pequeño librero en el que iba poniendo cada libro nuevo pero ya leído, porque nada nunca entró al librero de mi infancia sin haber sido leído primero. Todos los leí demasiadas veces, los leí una y otra vez aunque me los sabía, después afortunadamente nació mi hermana y tuve el pretexto de leérselos y contárselos miles de veces a ella.

Cuando llegó mi momento de estudiar Letras -¿qué más podría estudiar una persona con semejante historial?- leímos algo de poesía y teatro, muchísima novela, pero casi ningún cuento, y a pesar de esa formación o deformación profesional, yo seguí: necia, loca, apasionada por los cuentos. Me especialicé en cuentos medievales españoles durante la licenciatura y en cuentistas mexicanas del medio siglo en la maestría y la pasión no hizo más que incrementarse exponencialmente.

De los catorce cursos, seminarios y talleres que imparto, once han sido dedicados al género perfecto (desde mi punto de vista) y uno de los problemas con el que me encuentro más frecuentemente, es que la mayoría mis estudiantes desean con gran entusiasmo llegar a la escritura de cuentos habiendo leído poco o casi ninguno.

Hoy en día (y desde el siglo XIV) somos lectores de novelas. Las personas a las que nos gusta leer tenemos en casa y a la mano básicamente novelas. El programa de literatura para bachillerato en México propone la lectura de novelas clásicas y -me ha pasado más de una vez- se espera que cuando nos hacen a las preguntas “¿qué estás leyendo?” o “¿qué estás escribiendo?” respondamos algo sobre una novela o expliquemos por qué no.

El caso es que no se puede llegar a la escritura del cuento sin ser ávidxs lectorxs de cuentos: sería algo así como dar un salto triple mortal sin haber saltado jamás. Es por esto -y por mi inagotable necesidad de transmitir y contagiar mi amor por el género- que me atrevo (con nerviosismo, emoción y un poquito de pudor) a publicar esta lista en la que están algunxs -¡no todxs!- de lxs cuentistas más fundamentales para mí, para mi vida y escritura, y uno solo de sus títulos con la esperanza de que todxs esxs lectorxs de novela, pero sobre todo mis alumnxs presentes, pasadxs y sempiternxs se animen a cumplir esta propuesta mía de leer un cuento todos los días durante un año (mis alumnxs lo llamararon “El Reto Artemisa”) para con solamente quince a cuarenta y cinco minutos al día, ampliar enormemente el acervo y conocer, por lo menos, los más grandes clásicos.

Hice una lista con los primeros cincuenta, para que los acaben antes del verano. Espero sinceramente que muchxs se unan, se dejen seducir y llevar por estos y otros cuentos, sólo por el placer. Compártanme sus cincuenta y.. ¡Buen provecho!

1.- “A family supper” Kazuo Ishiguro

2.- “Arielle” Elena Madrigal

3.- “Ataraxia” Eve Gil

4.- “Augusto” Herman Hesse

5.- “Bajo el sol jaguar” Italo Calvino

6.- “Boy with sword” Mark Van Doren

7.- “Casa tomada” Julio Cortázar

8.- “Como una buena madre” Ana María Shua

9.- “Cuento XXXV” Infante Don Juan Manuel

10.- “Diez negritos” Agatha Christie

11.- “¡Diles que no me maten!” Juan Rulfo

12.- “Diques para un viaje” Socorro Venegas

13.- “El árbol” Elena Garro

14.- “El cuerpo de Adelaida” Brianda Domecq

15.- “El extraño” Howard Philiph Lovecraft

16.- “El guardagujas” Juan José Arreola

17.- “El jardín de los senderos que se bifurcan” Jorge Luis Borges

18.- “El jardinero del convento” Giovanni Boccacio

19.- “El montón” Adela Fernández

20.- “El parto” Franco Sacchetti

21.- “El príncipe feliz” Oscar Wilde

22.- “El profeta” Khalil Gibrán

23.- “El tapiz amarillo” Edith Wharton

24.- “Fire And Ice” Álvaro Menéndez Leal

25.- “Fragmento de un diario” Amparo Dávila

26.- “Historia a cuatro manos” Aline Pettersson

27.- “Historia de Mariquita” Guadalupe Dueñas

28.- “Idilio” Guy de Maupassant

29.- “La camisa del hombre feliz” Luis coloma

30.- “La condesa sangrienta” Alejandra Pizarnik

31.- “La fiesta de las balas” Martín Luis Guzmán

32.- “La gallina degollada” Horacio Quiroga

33.- “La güera veneno” Reyna Barrera

34.- “La pastora de gansos” Hermanos Grimm

35.- “La prodigiosa tarde de Baltazar” Gabriel García Márquez

36.- “La sunamita” Inés Arredondo

37.- “Las abuelas” Doris lessing

38.- “Las zapatillas rojas” Hans Christian Andersen

39.- “Lección de cocina” Rosario Castellanos

40.- “Los siete ahorcados” Leonid Andreiev

41.- “Ligeia” Edgar Allan Poe

42.- “Malena, una vida hervida” Almudena Grandes

43.- “Oro, caballo y hombre” Rafael F. Muñoz

44.- “Palabras para una fábula” Margo Glantz

45.- “Para qué eternamente estés conmigo” José Emilio Pacheco

46.- “Piel de asno” Charles Perrault

47.- “Por Guayama” Luis Negrón

48.- “Que se vaya la gusanera” Odette Alonso

49.- “Sólo era una broma” Beatriz Espejo

50.- “Soñar es asunto privado” Isaac Asimov

El factor X

La intención de este uso es incluir a aquellxs que el lenguaje tradicional (binario y patriarcal) no nombra y a la vez, exigirle que lo haga.

El factor X

porque escribes tu nombre con la X

que algo tiene de cruz y de calvario…

Ricardo López Méndez

Hace un par de años, a pocas semanas de haber iniciado este blog, pregunté a través de mis redes sociales cuáles eran los temas sobre los que les gustaría que escribiera aquí y, cómo era una convocatoria abierta, opté por utilizar la X como lo he hecho desde 2005 cuando me dirijo a un grupo mixto. Además de las entusiastas sugerencias de varixs seguidorxs, alumnxs y amigxs pidiendo que hablara sobre alguna autora o libro en particular, tips para escribir, talleres literarios o unx que otrx bromeando con cosas más personales, recibí un par de comentarios de personas que se quejaban o me atacaban directamente por el uso de la X para hacer referencia (e hincapié) en el sexo indistinto de lxs lectorxs. En ese momento comprendí la relevancia de lo que este acto, ya automático para mí, sigue teniendo para lxs hispanoparlantes y me decidí a -eventualmente- dedicar una de mis entradas al tema ¡y qué mejor que en el marco de la 107a conmemoración del día internacional de la mujer!

La X se utiliza en español para sustituir a la A y la O sexuadas, no en cada uno de los artículos, sustantivos, adjetivos y adverbios del idioma (que son todos), sino en los que importan, es decir, los que interpelan a una persona o grupo del que se desconoce el género, que puede ser o identificarse con cualquiera de los dos o con ninguno, o bien para indicar que no se prefiere o favorece a ninguno de los dos por encima del otro. La intención de este uso es incluir a aquellxs que el lenguaje tradicional (binario y patriarcal) no nombra y a la vez, exigirle que lo haga. Este uso surgió en español a principios del siglo veintiuno y ha compartido reflectores y debate con los usos de la arroba, la E, y la A(S), O(S) (por ejemplo en: maestrxs, maestr@s, maestres; maestras y maestros), recibiendo las mismas críticas por parte de las instituciones de educación y la RAE que, desde 2012 se ha pronunciado en diversas ocasiones en contra de todo uso distinto al “masculino general” o “neutral”.

El problema es que quienes no pertenecemos a ese grupo (masculino general), sabemos perfectamente que estamos siendo dejadxs de lado desde el lenguaje y que esto nos hace más difícil luchar por nuestros derechos y ser tomadxs en cuenta. Resulta que somos conscientes de que -por decir algo- cuando se habla de “maestrOs”, “ingenierOs”, “dramaturgOs”, “científicOs” se nos está reduciendo e invisibilizando, ya sea para apropiarse de nuestros esfuerzos y nuestro trabajo, ya sea para hacernos creer que no existimos, no somos importantes o que somos minoría; porque sí, desde el punto de vista de la RAE si en una sala se encuentran reunidas 99 mujeres y un varón, la gramática (no la política) determina que se tenga que hablar en masculino.

La consecuencia de esta forma aceptada y “aceptable” de hablar el español es una constante borradura de lo femenino y de otras subjetividades transgéneras o no binarias. El peligro de conformarnos con esto (en función desde luego de un lenguaje “económico”, “correcto” y “elegante”) es permanecer silenciadxs no sólo como agentes de la historia, la cultura y el lenguaje, sino como posibilidades de la existencia humana.

Para mí, el esfuerzo de cualquiera que utiliza una arroba, una E o que repite en femenino y en masculino tienen el mismo valor de denuncia que la X, sólo que la he elegido porque a mí me parece más accesible en esta lucha por la nombrabilidad. La prefiero porque viene de la matemática y no está refiriendo a un ser sexuado propiamente como hombre o mujer, a un género o representación (a)genérica en particular, sino a una variable incógnita que va a colocarse a sí mismx en el lugar convocado: queridx, amigx, compañerx, invitadx que me lees…

Leer “El huésped” como una señal de humo

Amparo Dávila, última representante viva del maravilloso Medio Siglo Mexicano, es, como su propia literatura, una criatura extraña y única.

Leer “El huésped” como una señal de humo

Advertencia: en este texto se revela, aunque no el final,
parte importante de la trama del cuento. Está en línea en varias páginas.
Es recomendable leerlo antes que este. Es recomendable leerlo junto con este.
Es recomendable leerlo y releerlo, leerlo y releerlo, leerlo y releerlo…

Amparo Dávila, última representante viva del maravilloso Medio Siglo Mexicano, es, como su propia literatura, una criatura extraña y única, hecha toda ella de un material hasta este momento desconocido. Este día, en conmemoración a sus 90 años de vida y -desde luego- a sus letras, sus muchas admiradoras y escasos admiradores, sus estudiosas y tesistas sentimos que tenemos que decir algo, pero no es tarea fácil; no hay a la mano palabras que expliquen, ejemplifiquen o representen a una figura ni a una literatura como la ha construido Dávila, porque, como acabo de decir, la escritura de Dávila y la manera en la que ha llevado su carrera y su vida no son comparables a las de nadie más y mucho menos asimilables a un estilo o corriente vigente en su país o en su época.

Lo que puedo decir es que no hay alumnx que haya pasado por mis clases, seminarios o talleres sin que le haya recomendado leerla, Dávila es un referente de cómo se trabaja el cuento como género, de la visión e historia de las mujeres y de la potencia e importancia de las escritoras mexicanas. A quienes casi no leen (porque sí, de vez en cuando también me veo forzada a hablar con personas que no leen), a quienes no la conocen y por esa razón no saben cuánto la necesitan, les recomiendo siempre leer por lo menos “El huésped”.

Ese cuento, el más famoso y fundamental de su producción, sería hoy -si no hubiese sido escrito por una mujer provinciana tan reservada y humilde- uno de los más importantes de la Literatura (así, con ele mayúscula): para darme a entender un poco mejor, desde mi punto de vista, en una antología de los mejores cuentos escritos por mujeres mexicanas tendría que figurar “El huésped” de Amparo Dávila; pero si le quitamos ambos epítetos, de cualquier modo quedaría. En cualquier antología de cuento gótico o de terror del mundo tendría que figurar Amparo Dávila y ser traducida a todos los idiomas, pero como siempre se queda aquí, en cortito, en casa, entre esas que la queremos que la conocemos, que la escribimos y la leemos y la estudiamos para que otrxs la conozcan y no la olviden y todo esto también tiene  que ver con que es mujer, pero sobretodo con que su mente creativa y creadora se atreve a manifestar sus preocupaciones profundamente domésticas y femeninas y esa literatura no es la que interesa al cánon de la literatura-con-ele-mayúscula.

“El huésped” está construido a partir de un magistral y acotado silencio que se encuentra enraizado en el corazón del conflicto: ¿Quién es ese huésped? ¿Por qué ha llegado a vivir en la casa? ¿Por qué la mujer la protagonista y los demás habitantes de la casa le tienen tanto temor? ¿Quién es ese huésped que aterroriza particular y únicamente a las mujeres y a los niños pequeños? ¿Por qué aunque se le aborrezca se le debe de alimentar varias veces al día y darle la habitación más grande de la casa? ¿Qué simboliza ese huésped al que hay que acostumbrarse irremediablemente y si no: puntos suspensivos…

Si miramos como Dávila, con mirada maliciosa y mujeril, nos daremos cuenta con claridad que el huésped es una extensión de la vigilancia de ese marido distante y violento que describe la protagonista sin nombre; nos daremos cuenta también que lo más terrorífico de sus ser son sus ojos: esa mirada amarilla y vigilante que no se aparta aunque incomode, espía sin pausa de los cuerpos y las acciones de las mujeres, que las domina por mandato e imposición, pero también por el uso de la violencia.

En la casa del cuento de antemano no existían el amor, la confianza, ni la alegría, pero cuando el huésped llega su presencia la llena toda convirtiéndola además en un lugar sin cuartel donde no existe la paz. No hay rincón de la casa donde se pueda volver a estar bien, no existe sitio donde reposar, donde volver a descansar ni dormida ni despierta ¿y cuántas mujeres viven así? ¿cuántas mujeres viven sometidas al escrutinio social y familiar aún cuando sus victimarios directos no están físicamente presentes, aún cuando puedan parecerles buenos, aún cuando se crea que sí hay algo de amor o de alegría o de ilusión por el futuro o de esperanza de vivir? ¿De que nos está hablando Dávila? ¿Cuál es la solución definitiva a tantas cárceles sin barrotes que habitan muchas dentro de sus propios hogares? Sólo la otra mirada, el espejo, la que cura porque entiende, la que es hermana, aliada y cómplice nos hace valiosas y fuertes y nos permite escapar el estrangulamiento de la violencia y volver a respirar la vida.

Para eso hay que leer el cuento, para atesorarlo y comprenderlo: para encontrar salidas ficcionales -pero posibles- a horripilantes problemas reales, para eso hay que leerlo y, por supuesto, releerlo, releerlo, releerlo…

El arte nunca tuvo la culpa

Suprimir o editar obras artísticas de cualquier género no puede ser útil para abrir un debate sobre ellas

El arte nunca tuvo la culpa

Como ya sabemos de memoria, a finales del año pasado varias figuras de Hollywood denunciaron públicamente los abusos sufridos por parte de directores, productores y compañeros de trabajo, lanzando con ello una serie imparable de pronunciamientos (en favor y en contra) que han caminado ya por las alfombras rojas de los Oscar, los Goya, los Grammy y llenado las páginas desde Le Monde y New York Times hasta la TVnotas. Y es que el #metoo parece haber puesto al primer mundo a reaccionar frente a una de sus realidades menos aceptadas: sin importar qué tan adelantada esté una sociedad en cuestión de libertades y derechos, las mujeres seguimos -en el mejor de los casos- un escalón debajo de los varones. Sin embargo no es sobre este particular sobre el que quiero hablar, más bien usarlo maliciosamente para dar contexto a lo que sigue: el tema del presente texto o cómo se mezcla esta legítima denuncia de las mujeres con la defensa de lo indefendible. Tres alegatos recientes contra las obras de Balthus, Waterhouse y Schiele han dividido a la opinión pública ya que plantean como supuesta justificación la dignificación de la figura de la mujer y la niña en el arte. Se explica que en dichas pinturas mujeres, adolescentes y niñas son expuestas ante la mirada “pedófila” y/o “voyerista” y que debemos “cuestionar” el lugar que mujeres y niñas ocupamos en estas piezas (léase de “objetos”), cosa que como creadora, maestra y feminista me parece muy adecuado y correcto, siempre y cuando no se censure.

Suprimir o editar obras artísticas de cualquier género no puede ser útil para abrir un debate sobre ellas, es simplemente, como en el cuento de La bella durmiente, el intento fallido de evitar un pinchazo quemando las ruecas de todo un reino. No se puede revisar lo que es prohibido ver, no se puede dialogar con lo que no está presente, hacerlo es decidir por todxs; un verdadero atentado contra la libertad de lxs individuos y el patrimonio de los pueblos. Ahora, las pinturas, al igual que todas las demás manifestaciones artísticas se nutren de la realidad, no la inventan (la reproducen, la amplían, la critican, la recrean). Si durante 4000 años nuestra historia y cultura han sido patriarcales, el arte refleja esa supremacía (y muchas otras) y nuestro deber será entonces utilizarlo como un instrumento para conocer y revertir esos mecanismos sin destruir, prohibir ni ocultar su presencia en el arte. Además el feminismo no necesita más lastres que cargar sobre sus hombros, suficiente tiene con intentar emancipar a la mitad de la humanidad de la más añeja de sus opresiones, el feminismo se encarga de las mujeres: de las vivas y cómo viven y de las asesinadas por la violencia machista, no de limpiar el nombre de misóginos de siglos pasados.

Cuestionar el lugar que tenemos hoy en el arte es exigir una presencia amplia y equitativa de obras de mujeres artistas en las galerías y los museos, es luchar porque se les restituyan sus nombres verdaderos a tantas que tuvieron que firmar con seudónimo de varón, es pedir que se revisen las historias del arte y la literatura, que se encarcele a Felipe Oliva, a Woody Allen y a Weinstein. Es crear con nuestras manos mujeriles y feministas otras formas de ver, narrar y representar la vida; es acelerar el paso para que las que vengan tengan derecho y acceso a una educación que les permita rechazar aquello con lo que no están de acuerdo y, por favor, que dejen a lxs incorrectxs políticxs del mundo vivir y crear, que para eso es el arte: para que quien sienta placer de cualquier tipo lo viva a sus anchas sin hacerle daño a nadie y quien se sienta incómodx o aburridx, simplemente aparte la vista, cierre el libro, abandone el teatro, apague la película…

Para la inhomenajeable (Elena Garro)

Una obra que hubiera bastado a cualquiera para consagrarse definitivamente en las páginas de la historia, en los libros de texto, en las aulas, en los teatros, pero no a Elena Garro

Para la inhomenajeable

(Elena Garro)

Aplastada debajo de un cúmulo de nombres demasiado pesados, de una miríada de opiniones encontradas, de ser diagnósticos emitidos por personas que nada saben de psiquiatría, de una biografía entretejida con telenovela y leyenda negra, se encuentra -incólume e ignota- la  obra impresionante de Elena Garro. Una colección robusta en varios géneros (cuento, poesía, teatro y novela) producida a lo largo de los cuarenta años que se dedicó casi exclusivamente a la escritura. Una obra que hubiera bastado a cualquiera para consagrarse definitivamente en las páginas de la historia, en los libros de texto, en las aulas, en los teatros, pero no a Elena Garro; esa pobre manzana jugosa que una vez caída, se la chupó el diablo.

Y no estoy diciendo con esto ni que nadie la conozca, ni que nadie la estudie, ni que nadie la lea; digo que la calidad de su trabajo hubiera puesto a México en el mapa de la literatura universal, aunque no existieran ni Paz, ni Rulfo, ni Arreola, ni Fuentes, ni Pacheco ni la mismísima Sor Juana. Que debería tener, como ellxs, escuelas, calles, bibliotecas, premios, cátedras y auditorios con su nombre pero, a diferencia de ellxs, sigue pesando más su vida (o como dije ya, su leyenda) que la imponente estatura de su genio.

A Garro le debemos grandes innovaciones en el manejo de los tiempos y los espacios, un lenguaje poético no realista dentro de la narrativa y el teatro, la recuperación de un pasado y presente indígenas exentos de patrioterismo y folclorismo y una de las novelas más interesantes escritas en español: Los recuerdos del porvenir.

A Garro le debemos un retrato crudo de la pobreza, la superstición y la injusticia que aunque siguen vigentes en nuestro país, parecen ser cada vez de menor interés para lxs intelectuales mexicanos; una permanente crítica al poder y al abuso implícito en todas las jerarquías sociales, familiares y políticas.

A Garro le debemos la mayor parte de los recursos del realismo mágico de los que tanto se vanagloria toda América Latina.

A Garro le debemos algunos de los episodios literarios más lúcidos sobre la condición de las mujeres en nuestro país y el mundo.

Cada texto dramático, cada relato, novela o poema es testimonio y denuncia de gran valor y poder, una herramienta de emancipación y por supuesto, una obra de arte, pero hoy cada persona que habló de ella en el 101 aniversario de su nacimiento se sintió obligada a mencionar sus relaciones y su entorno como si eso explicara, como si eso importara, como si eso definiera una de las plumas y las mentes más brillantes del medio siglo mexicano.

Hoy, en su día, no existe homenaje más grande que leerla, conocerla y reconocerla en su escritura, en ese portento invencible que es y será su literatura, a pesar de todo y de todxs.  

Las peores:  una nota al pie a la historia (masculinista) oficial

Las peores es una obra acerca de las mujeres encarceladas por participar de manera activa en el movimiento independentista de nuestro país.

Las peores:  una nota al pie a la historia (masculinista) oficial

¿Qué es Las peores?

Las peores es una obra escrita por Gabriela Ynclán y dirigida por Edna Ochoa acerca de las mujeres encarceladas por participar de manera activa en el movimiento independentista de nuestro país.

¿Quiénes son Las peores?

Las peores fueron en palabras de su autora “las primeras presas políticas de nuestro país” y que fueron perseguidas, encarceladas y torturadas por esta causa. Mujeres que fueron víctimas no solamente de la injusticia de la clase política y sus intereses sino también de la iglesia y de la misoginia preponderante en la sociedad mexicana.

Las peores son las que “no tienen perdón de Dios” ni tampoco de la sociedad patriarcal. Mujeres capaces de luchar por lo que quieren y de asumir las consecuencias últimas de sus decisiones. Las peores son las luchadoras invisibles sobre las que ha sentado las bases este México que sistemáticamente las olvida.

¿Por que nadie debería perdérsela?

Nadie debería perderse esta obra porque es un retrato crudo y realista que utiliza la ficción como una herramienta para mostrar las caras de todas esas mujeres que quedaron sin nombre y sin voz pero a quienes debemos muchos de los derechos de los que gozamos hoy como mexicanxs y también como mujeres.

Nadie debería perderse Las peores porque es una necesaria nota al pie de la página de nuestra historia.

Nadie debería perderse Las peores porque es una puesta en escena en la que la dirección, las actuaciones y el texto no tienen desperdicio alguno.

Nadie debería perderse Las peores porque es una obra que amplía nuestra visión de lo que fue el movimiento independentista al ponerlo en código femenino.

Nadie debería perderse Las peores porque habla de una lamentable forma de enfrentar los conflictos que todavía sigue vigente.

Una obra hermosa, desgarradora, inolvidable nos regalan Gabriela Ynclán con su texto imprescindible, Edna Ochoa con su espectacular trabajo de dirección y Gloria Andrade y Susana Romero con sus actuaciones que nos dejan atónitxs y sin  palabras.

Las peores se está presentando todos los miércoles de noviembre y el primer miércoles de diciembre a las 8 de la noche en el hermoso Teatro Enrique Lizalde (Héroes del 47 #122. Col. San Mateo, Coyoacán). Háganse un favor y vayan.

Fotografía de: María de Jesús Hernández Salas

Por una Sor Juana sin descafeinar

La máscara que le fue impuesta es producto de la censura y de esa especie de sacralidad malentendida con la que se trata a todxs lxs autorxs que llegan a considerarse clásicxs.

Por una Sor Juana sin descafeinar

Poco a poco se compilan y comentan más los poemas lésbicos de Sor Juana. Poco a poco se revelan las cartas de ardoroso afecto que intercambiaba con la virreyna. Poco a poco se cree se le saca a la luz con obras de teatro, tesis y novelas. Pero no era Sor Juana la que estaba en el clóset. No era ella la que disimuló sus afectos ni la verdadera esencia de su persona. No fue ella la que “nos hizo creer” que era heterosexual como intentaron hacerlo muchxs escritorxs lesbianas y gay de otras épocas y contextos. Ni ella la que construyó la imagen hierática y fija de los libros de texto y los billetes de doscientos pesos. No fue Juana de Asbaje, autora profunda, inteligente, humorística, apasionada, sarcástica, la que nos engañó de modo alguno ocultándose en la oscuridad o mostrándose distinta a lo que era. No fue ella.

La máscara que le fue impuesta es producto de la censura y de esa especie de sacralidad malentendida con la que se trata a todxs lxs autorxs que llegan a considerarse clásicxs. Al cánon literario, mayoritariamente masculino, blanco, eurocentrista, capitalista y heterosexual, le cuesta, aún hoy, considerar como universales y trascendentes las obras producidas por “las minorías” (minorías simbólicas, porque, a pesar de no serlo, son infrarrepresentadas en el arte, los medios y la literatura). Sor Juana pertenecía por varias razones a un estatus minoritario, inclusive marginal: mujer, hija de una analfabeta, nacida no sólo en una colonia, sino en una zona calificada por la misma virreyna como “un pueblo de cuatro malas casillas de indios” y sí, también lesbiana.

Su época la trató de enigmático portento y la retrató como podía soportarla: culta al estilo europeo, blanca, castiza, andrógina y, por supuesto, asexuada. La constante alrededor de su imagen es esa: su condición única, irrepetible, inexplicable, ¿quiénes somos nosotrxs, simples mortales, para cuestionar la originalidad casi mitológica de la décima musa? Puesta ahí, en ese lugar, nadie en el mundo podría tocarla, nadie en el mundo podría darle una dimensión humana ni por supuesto, verse identificada con semejante personaje: las mujeres mestizas, marginales, lesbianas de la periferia son lo diametralmente opuesto a esa elegante dama cultérrima.

Quienes recuperaron para sí a Sor Juana fueron los refinados intelectuales del medio siglo. Después las feministas de escritorio y las lesbianas académicas de  clóset. Hoy rubias maricas la proclaman como referente de un movimiento que sigue segregando a mujeres como ella: Sor Juana peón de los intereses académicos, políticos y proselitistas de minorías descafeinadas.

Necesitamos hacer lecturas mestizas de las obras mestizas de Sor Juana, analizar sus personajes indios, negros, femeninos; leer y releer sus poemas populares, sus villancicos escandalosamente escritos en español, latín y náhuatl; leerla y estudiarla desde la marginalidad; recuperarla para las mujeres que desde la periferia luchan por hacer escuchar su voz y darle cuerpo a formas de existencia que la cultura patriarcal, si no puede acallar, domestica, reduce, diluye, refina, blanquea. Necesitamos una Sor Juana rebelde y lesbiana, porque sólo así haremos honor a la ella en realidad fue. Así -y sólo así- un día tal vez llegue el turno a lxs que nos quedan pendientes en el polvoso fondo del armario de la historia.

No fue nunca Sor Juana la hipócrita, la escondida, la temerosa, la closetera, la pretenciosa, la falsa; fue su pluma, trasgresora de la palabra y el tiempo, la que dijo de sí y para todxs: Ser mujer ni estar ausente es de amarte impedimento; pues sabes tú que las almas distancia ignoran y sexo.

Arcano XII

Que busques de balde entrar en ella: una y otra vez. Que pases por ahí, seduciéndola, un día sí y otro también, ¿puede llamarse destino?

Arcano XII

Que te llegue como un rumor el dicho “esa casa embrujada”. Que busques de balde entrar en ella: una y otra vez. Que pases por ahí, seduciéndola, un día sí y otro también, ¿puede llamarse destino?

Destino es el nombre de esa casa; se dice que elije a quienes la visitan y también a quienes pueden salir de ella: La Moira. Descrita por no pocos estudiosxs de lo paranormal como “la casa más embrujada de la Ciudad de México”, es una construcción engañosa por su manufactura sencilla, la zona tan transitada en la que se encuentra; su apariencia casi totalmente convencional. A excepción del color del que está pintada (un azul-violeta) y las dos lunas sobrepuestas en su fachada no hay nada en ella que revele su naturaleza siniestra ni la larga y misteriosa historia que la rodea.

La Moira es una típica casa de dos plantas de la década de los cincuenta que se encuentra ubicada en el número 125 de Juan Escutia en el límite entre la San Miguel Chapultepec y la colonia Condesa. Su leyenda comienza en los años setenta cuando se dice que un huérfano de ocho años de nombre Mario entró y presenció no sólo la serie de cosas extrañas que hasta la fecha reportan lxs habitantes de las casas alrededor (voces, ruidos, sombras, presencias…), sino que en la última habitación del piso de arriba encontró a un colgado. Este hecho, supuestamente narrado por Mario a sus maestrxs, cuidadorxs y compañerxs del orfanatorio, inaugura la historia de La Moira, que ya desde entonces era una casa abandonada.

Antes de proseguir, y sólo porque ya no puedo esperar más para hacerlo notar, debo referir un par de datos que saltan y fascinan: Primero, las moiras eran esas tres hermanas ciegas que representaban al destino, hilaban nuestras vidas y de pronto, con desapasionado capricho, podían cortar el hilo de la existencia de cualquiera: un bebé de brazos, una joven recién casada, el rey… Moira significa “parte” y las lunas pintadas sobre su fachada muestran sólo un tercio de lo que la luna es. Por otro lado, “Mario”, del que no existe registro alguno (ni siquiera por lo que se dice que pasó después), es un anagrama de la palabra “Moira”.

En fin, no bastando la horrible experiencia paranormal del pequeño Mario, se dice que años después volvió a la casa y que apareció -ahorcado- en la última habitación del segundo piso. Algunxs creen que su curiosidad lo hizo volver para cerciorarse de lo que había visto, otros dicen que un llamado demoníaco lo hizo ir y encontrarse con sus asesinxs, otrxs aseguran que lo que Mario vio cuando niño era su propio futuro y algunxs más afirman que se mató en la casa porque lo que vio en ella fue tan terrible que no le permitió vivir…

Lo que sí podemos saber, es que La Moira es conocida por este nombre desde los años setenta, que no existe ningún registro disponible acerca del asesinato o suicidio ocurrido en ella y que, aunque dentro de su historia está haber sido una casa embrujada abierta para lxs curiosxs, un lugar donde se celebraban exorcismos, consultas astrológicas y sesiones espiritistas y, más recientemente, un centro cultural alternativo, hoy es nuevamente una mítica y obscura casa abandonada.

Dentro de la simbología del tarot, el colgado es el ser que se sacrifica a sí mismo, que se ofrenda para que algo o alguien pueda seguir viviendo: el cordero de cuya sangre se alimenta el dios (o el demonio).

Cada martes, sin falta paso por la puerta de La Moira, con la misma reverencia y con miedo, pongo las intermitentes para bajar la velocidad y atisbar por sus ventanas obscuras, por si queda algún rastro de Mario…

Dos veces la misma

En la Colonia Roma, hay una infame casona en ruinas a la que llaman “La casa negra”.

Dos veces la misma

Los gemelos son uno de los misterios inherentes a la biología. Distintos de la mayoría de nosotrxs, son hermanos que vienen unidos de origen y que nacen, si no idénticos, tan parecidos que a una mayoría les cuesta identificarlos y diferenciarlos. La mitología y la literatura reflejan la fascinación permanente que tenemos por esta posibilidad: la mayoría de lxs diosxs que generaron la vida en la tierra fueron una pareja gemela del mismo o distinto sexo.

Se dice inclusive que Jesucristo tenía un hermano gemelo: Tomás apóstol “llamado el Dídimo” es, según el evangelio de San Juan, el seguidor, discípulo y mellizo de Jesús. Tomás y Dídimo quieren decir “gemelo” y no a pocxs les ha llamado la atención que lo que está omitido en el texto sea su verdadero nombre y, si era el gemelo, de quién…

En la Colonia Roma, hay una infame casona en ruinas a la que llaman “La casa negra”. Su aspecto deplorable y extraño tiene muchos años llamando la atención de quienes pasan por ahí, sobre todo en la última década en la que la gentrificación ha hecho de la Roma una zona de lujo y belleza. A su alrededor florecen las boutiques, cafeterías, restaurantes gourmet y muchos bazares de artesanías y productos orgánicos, sin embargo el número 191 de Álvaro Obregón se mantiene incólume en su anacronismo siniestro.

La gente dice que esa casa es “irreparable”: nadie puede remodelarla porque está “tan embrujada” que los trabajadores salen despavoridos ante todo intento. Este 2017 cumplirá 76 años de estar deshabitada: desde la mañana de navidad de 1941 en que sus primeros y únicos inquilinos fueron encontrados sin vida por una joven y desafortunada mucama.

Original en todo, la casa negra de la Roma, parece haber estado maldita desde antes de su construcción. Las muertes ocurridas en ella podrían tener un origen vinculado más con el terreno en sí; hay registro de que durante su edificación en los años veinte hubo diversos accidentes y que el temblor ocurrido en 1921 derribó uno de los muros y mató a varios albañiles que se encontraban en el lugar.

Los crujidos, pasos, azotes de puertas y ventanas, súbitas bajas de temperatura, llantos y lamentaciones que se le adjudican hasta ahora se escuchaban ya desde que se puso la primera piedra con su respectiva cruz y fueron

comentario constante de criadas, choferes, institutrices, cocineras y jardineros desde 1924, año en que la familia Mondragón Landero y Villaurrutia se mudó a vivir ahí. La señora Mondragón y sus tres hijos (dos varones y una niña) comentaron, además, haber visto objetos moverse solos, pero ni ellos ni la servidumbre se atrevían a mencionar nada en frente de don Eduardo Mondragón porque se exasperaba mucho y decía que eran “supercherías de indios” que no debían ser tomadas en cuenta.

La muerte de los cinco miembros de la familia Mondragón sigue siendo un misterio hasta nuestros días. Sin contusiones, cortes, signos de envenenamiento o asfixia amaneció cada uno en su cama con rostro aterrorizado y sin vida. La casa pasó a manos del gobierno quien hasta hoy no ha podido ponerla jamás en venta.

Todo esto se sabe, se dice y se puede leer sobre esta casa y familia que unidas para siempre por una coincidencia trágica; lo que rara vez se menciona es que, a penas a diez metros de la entrada, se encuentra silenciosa una testiga eterna e inmencionada: 191-A, su gemela…

Puro y bestial: Sobre las mujeres de letras y sus amores de cuatro patas (Tercera y última entrega: las gateras)

lxs gatxs han acompañado por muchos siglos a las mujeres de poder y por esa razón, unxs y otras han sufrido un similar destino

Puro y bestial: Sobre las mujeres de letras y sus amores de cuatro patas

(Tercera y última entrega: las gateras)

Detrás de cada hombre hay una gran mujer

y detrás de cada mujer hay un gran gato.

Helena Paz

Después de todo y mucho, llegamos por fin a la tercera y última edición sobre las mujeres de letras y sus amores de cuatro patas, dedicada por supuesto a las amantes de lxs mininxs.

Sigilosoxs e intrépidxs y semiferales, lxs gatxs son consideradxs la compañía ideal de mujeres independientes que disfrutan tener un peludo a su lado, sin sentir que depende de ellas totalmente, a la forma abnegada y maniática de los canes. Lxs gatxs han acompañado por muchos siglos a las mujeres de poder y por esa razón, unxs y otras han sufrido un similar destino: ser juzgadxs de caprichosxs, incomprensibles y hasta malignxs.

Durante la época de la inquisición medieval, se cometieron tantas quemas de brujas como de gatos y se llegó a afirmar que muchas de las primeras se metamorfoseaban en lxs segundxs para cometer sus fechorías.

Lxs gatxs tienen sin duda, un lugar muy importante en el imaginario antiguo y moderno por esa cualidad salvaje que lxs diferencia del resto de los animales de granja y las mascotas: ese halo de ferocidad y misterio, esa profunda displicencia con la que viven sus vidas propias en nuestras casas y frente a nuestros ojos.

Por supuesto, este pequeño acercamiento a la relación de gatxs y escritoras, no es ni exhaustiva ni única, pero estoy segura que, por lo menos, logrará provocarles algunas risas y suspiros a lxs tantxs lectorxs y escritorxs vivxs que gocen de convivir con un felino. Así que, sin más preámbulo, lxs dejo con estos curiosas estampas; gracias por la espera y -nuevamente- ¡bienvenidxs!

Doris Lessing (1919- 2013)

Doris Lessing es una de las más grandes narradoras del siglo veinte y probablemente una de las autoras que más ventiló impúdicamente sus múltiples amores gatunos.

Fascinada desde niña por el temperamento gatuno, documentó 

fotográficamente la vida de sus gatxs y su relación con ellxs a lo largo de toda una vida. Se retrató numerosas veces con el blanco y negro, la negra, la blanca y muchxs tigreadxs y escribió varias historias que lxs mininxs figuran y hasta protagonizan.

En ocasiones lxs gatxs de su literatura viven conflictos que emulan o recrean los humanos, historias entrañables de gatxs inconformes con sus vidas, gatas hartas de la maternidad y sus deberes, gatxs ancianxs o enfermxs puestos a dormir por la decisión de esx otrx con quien comparten la casa…

Particularly cats (1967) fue una primera compilación de cuentos, relatos y ensayos sobre gatxs, a la que siguieron Rufus the survivor, The old age of El Magnífico y finalmente On cats, publicada treinta años más tarde como una especie de tomo definitivo sobre el tema.

Su amor desbordado por estas criaturas conforma una parte inseparable de su vida, imagen y corpus literario. Doris Lessing: gatera apasionada y apasionante.

Patricia Highsmith (1921- 1995)

Misántropa y solitaria, esta imperdible del género negro norteamericano gustaba casi exclusivamente de la compañía felina. Decía que su creatividad se frenaba totalmente cuando se veía obligada a hablar con otras personas, razón por la cual, una vez que pudo vivir de su escritura, no volvió a abandonar su casa más que para hacer las compras semanales.

Comía, escribía, bebía, fumaba y dormía con sus gatos. Sus favoritos eran los siameses y usualmente los llamaba con nombres de sus personajes. Sin embargo con Ripley, el más famoso de sus gatos, sucedió lo opuesto, fue él la inspiración para que nombrara así al protagonista de su famosa serie de cinco novelas, todas con el nombre del personaje en el título.

Sin parecer jamás una mujer hogareña, esta escritora eligió recluirse en su casa para poder realizar su labor creativa, pero no se confundan, ella no habitaba un estudio u oficina, ella se sintió cada día en familia, tanto que es la autora de la tan replicada frase: “A cat makes a house into a home”.

Amparo Dávila (1928- )

Maestra del cuento y única sobreviviente de la generación del medio siglo mexicano,  Amparo Dávila es una de las autoras que en esta lista no podrían faltar. Gatera de nacimiento, ha tenido tantos como su casi centenaria existencia le ha permitido. Su rostro, de rasgos felinos y enormes ojos, fue inmortalizado en numerosas fotografías con su mascota en turno.

Amparo Dávila ha bautizado a la mayoría de sus gatxs con nombres de ríos grandes, caudalosos e intempestivos, ya que es así como le parecen estas criaturas y ha dicho, además, que ambas fuerzas de la naturaleza son las que le parecen más bellas y apasionantes.

Su literatura en cambio, parece ambivalente al respecto; en ella los gatos junto con los demás animales, parecen vigilantes mudos, siniestros y misteriosos que provocan desconfianza y en ocasiones, terror.

Juan José Arreola, que fue por muchos años su vecino, comentó en varias oportunidades que cada vez que pasó a visitarla había algún gato cerca de la máquina de escribir y que eran ellxs, probablemente, lxs verdaderxs autorxs de los misteriosos textos de Dávila. Ella, ni ellxs han declarado nunca nada al respecto.

Alejandra Pizarnik (1936- 1972)

A pesar de su desesperación, su profunda depresión, su rechazo por la vida y por lxs vivxs, Pizarnik nunca dejó de amar a lxs gatxs y exceptuando los momentos más álgidos de su enfermedad, siempre tuvo algunx a quien llamar suyo.

En la mucha correspondencia que intercambió Pizarnik con Silvina Ocampo (también poeta y de quien estaba irremediablemente enamorada), hablaban constantemente de sus respectivxs gatxs, sus mañas y monerías y de sus distintas personalidades. Inclusive en algunas ocasiones acompañaron las misivas con fotos de ellas y sus mascotas con la excusa de conocerlxs y prolongaron así esta apasionada aventura epistolar de la que tan mal librada habría de salir Alejandra.

También con su amigo Julio Cortázar compartía la fascinación por estos animales y no pocas veces dedicaron parte de su charla y correspondencia al mismo tema.

Aunque en su poesía intimista rara vez aparece algo distinto de las proyecciones de su deseo y pensamiento, en La condesa sangrienta, único texto narrativo de su autoría, Pizarnik da un lugar importante a los felinos a quienes relaciona con la magia negra y el vampirismo: “Envíame noventa gatos, Tú, Suprema  Soberana de los gatos. Ordénales que se reúnan viniendo de todos los lugares donde moran, de las montañas, de las aguas, de los ríos, del agua de los techos y del agua de los océanos. Diles que vengan rápido a morder el corazón de…” Tal vez estos emisarios hayan ablandado, mágica y ficcionalmente, los corazones de otras silvinas amadas, esta vez, inefablemente suyas.

 

Elena Garro (1916- 1998) y Helena Paz (1939- 2014)

El gusto de Elena Garro por los gatos fue introducido por su amada e inseparable hija Helena Paz y no viceversa, como muchxs podrían equivocadamente pensar. De niña, Garro convivió con perros que le fueron, en general, indiferentes y en los años que vivió con Paz no tuvieron unxs ni otrxs porque a él no le gustaban. Helena en cambio los adoró desde niña y una vez que sus padres se separaron, la inició en una afición compartida que les duraría el resto de la vida.

Las dos (h)elenas aparecen retratadas juntas o por aparte con muchxs de lxs que fueron sus gatxs favoritos en el tiempo que vivieron en Francia, España y Estados Unidos. Pero fue hasta que volvieron a México en 1993 que pudieron dar rienda suelta a su pasión desenfrenada y adoptar cuantos especímenes quisieron.

La poesía de Helena Paz está llena de imágenes y metáforas relacionadas con los gatos y se dice que Garro terminó definitivamente su larga y tormentosa relación con Bioy Casares cuando este le perdió a una de sus gatas.

Años después de la muerte de su madre, Helena Paz tuvo que deshacerse de sus 36 gatos para poder ingresar al asilo donde murió. Si hay gatxs en el cielo, poco a poco las irán alcanzando allá donde no tendrán que separarse más nunca.

Rita Mae Brown (1944- )

Cerramos con broche de oro esta serie trayendo a cuenta a la más célebre gatera y la más reconocida de las gathijas: Rita Mae Brown y Sneaky Pie Brown.

Esta autora y su gata han escrito tantos libros juntxs que se puede decir que ella es sin lugar a dudas la gata más prolífica de la literatura y supera por mucho a algunxs escritorxs humanxs.

Rita Mae Brown era una reconocida escritora, guionista y amante de lxs gatxs, pero no es hasta 1990 cuando ella y la joven rayada decidieron asociarse y escribir una serie de novelas de misterio, que ambas saltaron universalmente a la fama.

La protagonista de esta colección de veintiséis números es ni más ni menos que una gata llamada Mrs. Murphy y que se cree es el alter ego de la propia Sneaky Pie.

Juntas, Rita Mae Brown y su talentosa hija adoptiva, han roto juntas las barreras del género y la especie para regalarnos horas interminables de entretenimiento y placeres literarios.

Queridxs lectorxs: espero de corazón que hayan disfrutado esta pequeña serie en compañía de sus amadxs e inseparables perrxs y gatxs, que la espera haya valido la pena y que nos encontremos en la siguiente actualización.

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