Artemisa Téllez

Escritora Mexicana Artemisa Téllez, novelista, tallerista, poeta y dramaturga. Creadora del taller de cuento erótico para mujeres. Escritora de la novela lésbica ilustrada crema de vainilla.

Escritora mexicana.

Artemisa Téllez (1979) escribidora, artífice de excéntricos talleres literarios y diva de bajo presupuesto, nació en la Ciudad de México a las 9 de la noche de un 24 de agosto en que hubo una gran tormenta.

Su afición por la palabra e inclinaciones literarias se manifestaron pronto cuando  -mientras su tía Gris y ella se balanceaban en el columpio- se dedicaba a conjugar verbos, inventar palabras nuevas y narrar todo cuanto sucedía a su alrededor. El éxito en la multiplicidad de concursos literarios que promueve la Secretaría de Educación la hizo consciente de su supuesto don y a los once años se autodenominó escritora. A los catorce años era más prolífica que Juan Gabriel y escribía rigurosamente un cuento, poema o canción al día, todos ellos de bastante discutible calidad; también hacía cómics, acrósticos, calaveras, una columna de chismes escolares y poemas por encargo que vendía entre maestras y compañeras.

Su poco sorpresivo (aunque muy emotivo) ingreso a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM fue cuatro años más tarde. Ahí -además de tener algunos novios y novias, descubrir sus inclinaciones no literarias, hacerse de los más grandes amigos y los más fieles y sinceros detractores- estudió la licenciatura en Letras Hispánicas y presentó un año más tarde su primer libro.

Versos cautivos (poesía, 2001) fue presentado por Graciela Cándano y Huberto Bátis y marcó para Artemisa el principio de una carrera entre la euforia y el desasosiego: “Versos cautivos salió tarde, fue un hijo póstumo que reconocí mío parcialmente avergonzada. Es que cuando salió a la luz ya no creía en él tan firmemente como cuando lo planeé, dos años antes” La tardanza de la edición se había debido a un fraude, la persona encargada de hacerlo se había huido con el dinero y un amigo de ambas partes trató de conciliar con el trabajo a fin de que nadie se perjudicara. De cualquier modo este fruto un tanto mayugado hizo que la joven autora probara el sabor dulcísimo de las primeras entrevistas, las primeras críticas, los autógrafos, presentaciones y ventas. Publicó en revistas virtuales, antologías estudiantiles y prensa itinerante; incursionó en la turbiedad de la política universitaria y formó su primer ciclo de tertulias literarias: el último jueves de cada mes en el “Café Murmullos”.

Tras la larga enfermedad y muerte de su madre, Artemisa se retiró de la vida pública y se dedicó a hacer un intento por terminar su carrera y establecerse en –non sancto- matrimonio con una mujer. Ninguno de los dos proyectos prosperó y a los tres años, aún sin graduarse y recién separada, presentó su segundo libro Un encuentro y otros, cinco relatos lésbicos que le abrieron las puertas a nuevas maneras y espacios de expresión.

Durante los años siguientes trabajó como “escritora y lesbiana de tiempo completo”. Produjo junto con Fabiola Jiménez dos espectáculos musicopoéticos (“Efímeros goces” e “Inés, yo con tu amor…”) y se presentaron ininterrumpidamente por casi cuatro años en marchas, mítines, festivales y jornadas culturales. Formó parte de una colectiva lésbica (Meras efímeras) que buscaba generar alternativas artísticas, culturales, lúdicas y mediáticas para mujeres lesbianas en México y ha escribió para distintos medios LGBT. Fué también editora de la revista virtual sobre diversidad sexual dentrodelcoctel y de la sección lésbica de la revista Homópolis y locutora y co-productora de la revista radiofónica “Meras efímeras presenta” .

En el año 2006 fundó el primer taller de cuento erótico para mujeres, mismo que ha coordinado por diez años y con el que produjo dos antologías que publicó Aquelarre Editorial: La pluma del deseo y Nacidas de Eros.

Cansada del ajetreo, las desveladas constantes y la vida disipada que en dosis menores solía disfrutar, Artemisa decidió nuevamente cambiar de rumbo, regresó a la universidad y se graduó con postergados honores, se inscribió en la maestría en Letras Mexicanas. 

En esos años de mayor estabilidad y madurez ha publicado artículos y ensayos, participado en más de diez antologías tanto nacionales como internacionales, ganado un par de premios, hecho crítica de teatro y publicado cuatro libros más: Cuerpo de mi soledad, Crema de vainilla, Fotografías instantáneas y Cangrejo. “He sido afortunada, he podido hacer lo que me ha venido en gana y últimamente hasta me pagan por hacerlo”.

Actualmente Artemisa imparte cursos, seminarios y talleres de literatura, ha montado ya, junto con el colectivo Es cena, dos obras de teatro breve de su autoría: Hope y Colorado River.

Ella reconoce que el alcohol ha sido, fue y será, su mayor influencia literaria.

Artemisa Téllez

 

Puro y bestial: sobre las mujeres de letras y sus amores de cuatro patas (Primera entrega)

es el anhelo paradójico de sentir algo vivo y querido respirar mientras se desarrollan universos enteros a los que nadie más puede acceder…

Puro y bestial: sobre las mujeres de letras y sus amores de cuatro patas  (Primera entrega)

Para Ciro y Luci.
Para Malicho en el cielo de mi recuerdo.
Para Tere, con amor.

No es sólo que la gente hable cada vez más banalidades. No es sólo que prefieran la dulzura de los espacios propios que el extenuante esfuerzo de socializar y tratar de caer bien. No es sólo que este oficio que embelesa y abisma se alimente de las largas horas de encierro; es también la necesidad de silencio en compañía, el anhelo paradójico de sentir algo vivo y querido respirar mientras se desarrollan universos enteros a los que nadie más puede acceder…

Duendes o ángeles menores, llamadxs amigxs siempre y muchas veces también “hijxs”, “compañerxs” o “guardianxs”, poseen un nombre genérico -mascota- que significa “bruja pequeña”.

Las mascotas más comunes en el mundo han sido, por supuesto, perros y gatos. Durante muchos siglos tener un perro o gato en casa significaba una protección energética y un símbolo de buena suerte. En muchos casos, el nombre mismo del animal de compañía era para lxs dueñxs un talismán, por lo que consideraban conveniente llamarle en público con un apodo.

La relación que se establece con las mascotas rompe la lógica social. Quien las tiene no necesita tanto la costosa compañía de las personas, se siente confortadx en las tristezas y consoladx en la desgracia, pero de una manera muy diferente: sin prejuicio ni juicio, sin crítica, sin consecuencias. El valor de este afecto -acrítico, gratuito y desinteresado- aumenta miriáticamente cuando se es mujer; este tipo de amor es el que se supone brindamos las hermanas, esposas y madres, pero no es el que recibimos de vuelta. Para ser amadas las mujeres debemos “merecerlo” y portar este merecimiento (por virtud o belleza) como una medalla prendida al pecho durante toda la vida.

Las escritoras -monstruas mitológicas, animales fóbicos, raza de hechiceras- en pocas ocasiones cumplen con los estándares exigidos a las mujeres para ser queridas, deseables o ejemplares. Cumplen más bien, en la mayor parte de los casos, con todas las características impropias de su sexo: mentes brillantes, fuertes opiniones, poco interés por la belleza física y las labores domésticas y -desde luego- un rico mundo interior que las ocupa y las mantiene alejadas del naturalizado oficio femenino de cuidadora.

Célebres escritoras de todos los tiempos han amado e inmortalizado a sus perros y gatos a través de sus escritos o bien haciéndose retratar y/o fotografiar con ellxs. Algunas prefirieron misteriosxs felinxs y otras fieles canes de ojos melancólicos y mirada enamorada. La fama de estas mascotas es en algunas ocasiones equiparable a la de sus dueñas, a nuestros oídos llegan sus nombres, ya desde hace tantos años en desuso, medallas y cascabeles olvidados en el fondo de un cajón, pero entrañables para siempre.

Este texto es el primero de una serie en la que pienso abordar algunos datos sobre escritoras y sus mascotas. Un homenaje a ese afecto puro y bestial que sólo comprendemos quienes lo vivimos así. Espero la sigan y la disfruten…

La paradoja de la Señora Macha

si no quiero ser una fémina, mujer, seño, señora, señorita, dama, madama, damita, madre, madrecita, entonces ¿qué soy?

La paradoja de la Señora Macha

Todo comienza así: un día, como con un radar, cumples treinta y todxs, absolutamente, te empiezan a llamar “señora”. Señora, que debería ser un apelativo cualquiera, suena en tus oídos como un insulto, como un reproche, como un recordatorio de que ya -o bolsa del mercado y niñxs- o estás fuera del lugar. Yo, como siempre, estaba fuera de lugar.

Me lo tomé con sentido del humor, siempre, desde adolescente, había dicho que la palabra “señorita” es espantosa, chocante, como buen diminutivo: señora chiquita, pequeña, enana, diminuta… No me gustaba; además de que carga con una especie de contenido malicioso “la que es virgen”. Señora, sin embargo, aunque me parece más justo lingüísticamente hablando, más adecuado a mi edad, sobretodo a mi tamaño, parece tener un sentido específico con el que no somos capaces de identificarnos muchas mujeres de mi generación. Es que no somos necesariamente solteras o casadas, vírgenes o madres, hijas de familia o amas de casa: somos algo diferente que no quiere ajustarse, reducirse, conformarse con ese epíteto que aunque se diga lo opuesto, en muchos casos, sí busca ser ofensivo.

“Señora joven”, “señora bonita” son expresiones que demuestran que la palabra en sí podría significar “vieja fea”. Me río, en realidad me estoy riendo. Es que las expresiones con las que nuestra lengua categoriza a las mujeres son de por sí muy poco halagüeñas. Señora.- 1 femenino del latín seniorem que significa más viejo. 2 Forma respetuosa para dirigirse a una mujer de edad avanzada. 3 Esposa de un señor. 4 Madre. 5 Suegra. 6 Ama de casa con respecto a sus criados (así en masculino). 7 Fina o decente. Por supuesto no nos iría mejor haciendo este mismo ejercicio con términos como dama, señorita y mujer (“criada”, “casadera” y “blanda”, respectivamente). Es que ser del sexo femenino (“que se puede fecundar”) es también un problema de léxico, de vocabulario, de concepción: si no quiero ser una fémina, mujer, seño, señora, señorita, dama, madama, damita, madre, madrecita, entonces ¿qué soy?

En fin que me llaman “señora” las señoras y señores (algunos cuarenta o cincuenta años mayores que yo), me llaman “señora” lxs chavxs de los puestos, de la colonia, de la facultad (“maestra” en el mejor de los casos), me llaman “señora” niñxs de todas las edades y si le cuento mi sorpresa a alguna amiga, está presta a recordarme que eso soy, que ya estoy adulta y tengo canas (6), que uso lentes para leer, ¡que hasta estoy casada!

Este verano -peligroso y criminal- mi amigo Guillermo R. Escamilla, aprovechó la visita a la Ciudad de México de varias de las protagonistas de su documental Tenías que ser macha para emprender una nueva serie de presentaciones del video. Antes, durante y después de cada una hubo encuentros y desencuentros seriales, recuento de viejas anécdotas, mezcal, tacos, cerveza y la memoria reciente y viva de todo lo que en esa película ocurre: nosotras y nuestrxs amigxs, doce años más jóvenes, bebiendo y bailando en las entrañables y legendarias fiestas lésbicas de Meras efímeras.

Alrededor de mí, amigxs y conocidxs -algunxs ya irreconocibles- ávidxs de hurgar en esas experiencias entrañables, voluntariamente dejadas atrás. La melancolía, la nostalgia que no siento sentadas a la mesa y haciéndome muecas. Para mí nada ha cambiado, la vida hizo lo suyo -seguir- y nosotrxs con ella. Sin embargo insisten en decirme lo que ya no toman y ya no comen y en ir a bailar “sólo un ratito” o en contar cómo ya no aguantan igual, ya no son lxs mismxs… Me rebelo, yo que no soy señora, ni dama, ni mujer, ni señorita, me rebelo.

Sin embargo vuelvo a casa antes de las once, me quito con alivio el pantalón que me aprieta porque comí demasiado queso y me miro en el espejo con una frase amorosa punzándome en las sienes “lo más emocionante de todo fue ver a nuestra maestra cuando era joven”.

Es que debe haber otra forma de ser una mujer de treinta y siete años casada con una mujer, con perro y sin hijxs. Debe haber otro término liberador que no signifique vieja, madre, esposa, propiedad, criada ni débil. Tal vez ese término es “lesbiana”. Tal vez ese término sea “macha”. Tal vez eso me signifique hoy para mí y me permita sentirme bien en este cuerpo, en esta cabeza y vida que no son ni aspiran a ser los de una señora fina y decente.

No te metas con mi lucha o su odio con rueditas

si su odio de 5000 años no han podido con nosotrxs, van a necesitar algo más que su ridículo camión para detenernos.

No te metas con mi lucha o su odio con rueditas

Ha llegado a México el indigno camión anaranjado, ese que además de atacar directamente a transexuales, intersexuales, hermafroditas y transgénero, tiene la espantosa leyenda “dejen a los niños en paz”, invisibilizando una vez más a las niñas y culpando a sexólogxs, activistas LGBTTTI y maestrxs progresistas de confundir las mentes infantiles por hablarles del hecho (verídico y comprobable) de que existen otras prácticas e identidades fuera de la heterosexual.

Nuevamente se manifiestan contra lo que tan equivocadamente llaman “ideología de género”, pero sobre todo contra los derechos de esxs hijxs a lxs que tanto defienden y procuran proteger. Es que la ideología de género no la inventaron lxs transexuales, ni lxs educadorxs, ni lxs activistas: el género (como la noción de que ciertas cualidades, actitudes y actividades son propias de los varones y no de las mujeres o viceversa) surge en la prehistoria a partir de la división del trabajo y lleva reafirmándose (como toda ideología falaz) de manera obsesiva y constante desde entonces, con consecuencias bastante desastrosas por cierto. En ese sentido, defender que las niñas son niñas siempre y sólo si tienen vulva, sería imponer la ideología de género que tanto critican.

Este movimiento (de las marchas “en favor de la familia” de septiembre pasado y del recién adquirido camión pro discriminación) copia los mecanismos, frases y discursos de movimientos similares en España, Perú, Colombia, Costa Rica y otros países de centro y sudamérica, demostrando que a nivel mundial los derechos de las personas LGBTTTI y de lxs niñxs van perdiendo terreno frente a la arbitrariedad y la intolerancia de las asociaciones de extrema derecha. Porque esxs niñxs, a quienes ellxs llaman “sus” niñxs, “sus” hijxs, no son de su propiedad ni son tábulas rasas en las cuales replicar sus identidades y creencias, son individuos con una sexualidad, afectividad y personalidad todavía por explorar y descubrir; muchxs de ellxs, como nosotrxs, serán bisexuales, lesbianas, transexuales, transgénero o gay de todas maneras, sólo que crecerán con miedo, confusión, falta de información y de apoyo.

Cuando población vulnerable se levanta para visibilizar la discriminación, persecución, abusos y estigma de los que es y ha sido históricamente objeto, no sólo se libera a sí misma, sino inclusive a lxs hijxs de sus enemigxs y detractorxs. Es por eso que le llamamos la marcha del ORGULLO; si su odio de 5000 años no han podido con nosotrxs, van a necesitar algo más que su ridículo camión para detenernos.

Mujer Maravilla: 3 mil veces la misma cara

La Mujer Maravilla decía frases poderosas y rompedoras que clamaban igualdad y justicia para las mujeres.

Mujer Maravilla: 3 mil veces la misma cara.

Más que decepcionante nos resultó a mis amigos y a mí el reciente estreno de La Mujer Maravilla. Dirigida por una mujer, actuada por una actriz poco conocida, esperábamos de la cinta un poco más que una serie de poses bonitas. Y es que la Mujer Maravilla fue en su momento símbolo de un movimiento feminista con el que parece estar divorciada.

La Mujer Maravilla decía frases poderosas y rompedoras que clamaban igualdad y justicia para las mujeres. En no pocas ocasiones, tanto en el cómic (1941) como en la serie (1971) las mujeres fueron presentadas como luchadoras naturales contra la guerra, con una estatura moral mayor a la de los varones. El símbolo de las cadenas rotas (con las que aparecía constantemente la Mujer Maravilla y otros personajes femeninos) era equiparado con el yugo matrimonial y la jerarquía sexual. Cuando Steve -el galán al que ella salvaba episodio tras episodio- le preguntaba cuándo se casarían recibía siempre por respuesta “cuando el mal y la injusticia desaparezcan de la faz de la tierra”.

La Mujer Maravilla era por tanto, una emancipadora de la guerra y sus males, pero también una luchadora abierta por las causas de las mujeres. La misma Lynda Carter (protagonista de la serie de los setentas) ha contado en entrevistas que tanto ella como la producción recibieron críticas y amenazas por algunos diálogos y escenas que resultaron “tan feministas” que hirieron la frágil susceptibilidad del status quo.

En la versión de 2017, sin embargo, encontramos una Mujer Maravilla despolitizada y sin sentido del humor. Ni su imagen ni su discurso nos invitan a cuestionar las formas preestablecidas de la mujer dentro de la sociedad machista. Prototípicamente bella y enamorada, Diana sale de su paradisíaco lugar de origen para sumirse en una guerra en la que no aparece una sola mujer que no sea una víctima, a pesar de que fue precisamente durante la guerra mundial cuando las mujeres empezaron a tener notoria participación en la milicia, la política y la vida pública. El único personaje femenino relevante que figura en la película es Dr. Maru, una especie de científica loca deforme que trabaja para los nazis y que al final es puesta como títere del supervillano varón. Sus aliados son todos hombres, el principal es su novio quien tiene en la cinta tanta importancia como la protagonista.

En el momento crucial -la lucha definitiva entre la Mujer Maravilla y Ares, el dios malo al que Diana se ha pasado persiguiendo toda la película- ella parece particularmente débil y desvalida y sólo puede derrotarlo en el último momento impulsada por el dolor, la pérdida y “su fe en el amor”.

Esta imagen (la mujer que se fortalece y triunfa sólo a través del dolor y el amor) se repite una y otra vez en el cine con personajes arquetípicos y trillados como las princesas de Disney, definitivamente no necesitábamos que viniera la Mujer Maravilla a repetirnos lo

mismo con una minifalda y una diadema diferentes.

El miedo de tener una protagonista femenina fuerte y capaz, una que se enoje, sude, grite y se despeine; una que opaque la violencia masculina con un despliegue de heroísmo brutal, sigue estando presente en el 2017. La Mujer Maravilla no es más que otra excusa para vender una historia de hombres heroicos con una protagonista en minifalda.

Más que bocadillos

Eros y tánatos, expresión de la paradoja de la existencia, eros y tánatos como el ouróboros que se goza hasta la extinción.

Más que bocadillos

Eros y tánatos, dos fuerzas superiores jalando los extremos tensos de nuestra existencia. Nos inclinamos, nos bamboleamos, de un lado y hacia el otro. El amor, el deseo, el hambre del cuerpo, el entusiasmo por el encuentro, la dicha de verse en los ojos ajenos, el placer, la risa, la comedia, el orgasmo… y -de pronto- la música lúgubre helándonos la sangre, el memento mori, la certeza de que todo decae, todo termina; la pulsión autodestructiva de acelerar el proceso, fantasías mórbidas, palpitaciones sensación de que nada valió la pena.

Eros y tánatos, expresión de la paradoja de la existencia, eros y tánatos como el ouróboros que se goza hasta la extinción. Eros y tánatos: nosotrxs elevadxs en la danza y nuestra sombra cosida a nuestros pies, jalándonos hacia el abismo.

A finales de 2015 un grupo de alumnxs del taller de Gabriela Ynclán concebimos la idea de ofrecer al público una serie de obras cortas unidas por una sola temática y que estas pudiesen ser obras enteras capaces de abordar y desarrollar conflictos dramáticos interesantes y resolverlos escénicamente con la misma calidad e impacto de una obra de largo aliento. Así es como surgió Es cena, un proyecto de teatro en corto que toma los tiempos de una cena formal (el aperitivo, el plato fuerte y el postre) como modelo para presentar una degustación dramática y que se presentó por primera vez en teatros en marzo y abril del año pasado.

Con textos de dramaturgxs emergentes, directores jóvenes, actrices y actores profesionales, esta semana es cena estrena dos menús totalmente nuevos inspirados en la tensión vida-muerte y sus vericuetos. Igual que el año pasado, uno de los postres es a cuenta mía: Colorado River, una comedia erótica sobre la incomunicación, la incompatibilidad y la tiranía del deseo.

Espero que nos acompañen y se deleiten bocado a bocado con estas obras cortitas, para no empacharse.

 

Es cena. Teatro corto largo corto

del 21 de mayo al 20 de junio

domingos, 19 hrs.

Pan y Circo (Álvaro Obregón 160, col. Roma)

Adolescentes y adultos

$180

Rafeef Ziadah: granada en una mano con buena puntería

¿Puede la poesía cuestionar versiones oficiales, dar voz a quienes nadie escucha, conmover corazones frígidos?

Rafeef Ziadah:

granada en una mano con buena puntería

¿Puede la poesía romper las barreras culturales, religiosas, espaciales? ¿Puede la poesía cuestionar versiones oficiales, dar voz a quienes nadie escucha, conmover corazones frígidos? ¿Puede la poesía detener las bombas que caen del cielo irracional y constantemente? ¿Puede la poesía horadar un boquete en las conciencias para dejar que entre la luz? En un mundo donde el discurso del odio lo explica y lo justifica todo, cada poeta, cada mujer y hombre que se acerca a denunciar los horrores de la guerra con poesía sabe que no y quiere creer que podría.

Todxs los que hemos escrito poesía en países devastados en tiempos inciertos, en pueblos que siguen a arañazo de tierra, a patada limpia, a grito pelado, todxs lxs que hemos estado ahí sin poder ser algo más que testigos soñamos con que de algo nos valga la poesía. Porque no tenemos armas, ni formamos ejércitos ni tenemos voz de mando y porque simplemente no creemos en la guerra: por ninguna causa, bajo ningún concepto; la guerra es una equivocación. Para nosotrxs -lxs locxs, ingenuxs, idealistas- la poesía aspira a ser granada en una mano con buena puntería, esa es nuestra arma, nuestro credo.

Cuando me topé por primera vez con el más célebre poema de Rafeef Ziadah “We teach life, Sir.” estaba en un lugar público, pero eso no detuvo mis lágrimas enfebrecidas, el temblor de mi garganta, el sudor sobre las palmas de mis manos. No detuvo el impacto, el golpe entre las costillas: lo que estaba viendo, lo que estaba escuchando, lo que estaba sintiendo; era exactamente el mismo hartazgo mío por las cosas que suceden indeteniblemente, indefectiblemente en el lugar en donde una vive, de donde una viene. Las sufres, aunque no las veas; te ocurren, aunque le pasen a alguien más, a lxs hijxs de alguien más, a los padres de alguien más, a las hermanas, las madres y las amigas de otrxs. La guerra de los poemas de Ziadah es, con sus siniestras características locales, la misma guerra que han retratado todxs lxs poetas, pero por sobretodo, la misma guerra mía, la del país en el que vivo.

La guerra en los países como México y Palestina es una necesidad del vecino rico, del vecino poderoso; es el resultado de la obstinada resistencia de los pueblos a convertirse del todo en esclavos o a persistir (con necia insistencia) en seguir existiendo. La guerra es el grito ensordecedor que calla todos los discursos y a ella sin embargo puede oponerse la poesía.

Rafeef Ziadah nació en Líbano el mismo año que yo. Nunca ha pisado Palestina. Artista de la palabra, ha participado en sinnúmero de encuentros de poetas, manifestaciones en contra de la guerra y tiene un espectáculo itinerante de guitarra y poesía. Su voz es la denuncia que no para. Certera como las bombas, ácida y humorística, tiene el don de hablar para ser comprendida. Por lo menos diez de sus trabajos pueden ser reproducidos en video a través de la internet. Su poema “We teach life, Sir.” se encuentra subtitulado al español.

¿Puede entonces la poesía romper las barreras culturales, religiosas, espaciales?..

Delta luminoso o por qué prefiero el libre pastoreo

No tenemos libertad de elegir en qué posamos nuestra mirada, tampoco de interpretar eso que vemos de acuerdo a nuestros propios referentes

Delta luminoso

o por qué prefiero el libre pastoreo

El ojo engaña. El ojo hace creer. El ojo dice que hay lluvia donde sólo hay nubes: interpreta, se adelanta, se confunde. Desde el surgimiento de la fotografía, nos hemos constituido como una sociedad visual; “nuestros propios ojos” miran la guerra que ocurre en Irak, la cola anillada de los lemures, la lluvia sobre el desierto del Sahara, la alineación de las estrellas del cinturón de Orión con las pirámides de Guiza y Teotihuacan, el rostro desencajado de las madres y padres de los desaparecidos de Ayotzinapa, pero ¿en realidad los hemos visto? ¿hemos conocido, comprendido, dimensionado lo que hemos visto, su significado y consecuencias? “Estos ojos lo han visto todo” o casi todo y diría mi mamá, “el ‘casi’ es lo que me preocupa”. Vemos, vemos, constante e indiscriminadamente, fijamos imágenes en el consciente y en el inconsciente; las reproducimos por dentro de nuestros párpados mientras pensamos, recordamos o dormimos con horror y con miedo, con deseo, con lujuria, con culposo placer, pero ¿estamos eligiendo lo que vemos?

La fotografía, el cine, la televisión y las redes sociales nos están bombardeando todo el tiempo con una enorme cantidad de estímulos visuales que no somos capaces de procesar. Sin voluntad de pormedio, sin filtro, recibimos “impresiones” del supuesto país, mundo, universo en el que vivimos, pero que en realidad desconocemos y peor, creemos con certeza conocer; hoy, más que nunca, la convención de la realidad supera y aplasta la experiencia subjetiva y todo su valor comunicativo y creador.

Antes de esta “era” del privilegio de lo visual, la gente adquiría sus conocimientos de manera empírica y los ampliaba únicamente hablando y leyendo. A diferencia de lo que sucede hoy día, la experiencia vivida con todos los sentidos (gestionando unx mismx qué es lo que merece ser observado, tocado, sentido, degustado, olfateado, ignorado, imaginado, intuido; en qué orden, de qué manera y por cuánto tiempo) podía nutrirse de otras (vividas o no) mediante una serie de narrativas: otras subjetividades humanas sin dispositivos tecnológicos de por medio. Esto permitía que hubiera una conexión interpersonal y un discurso humano por encima de lo que hoy se considera una “versión oficial” de lo que hay y cómo debe ser visto.

Digamos, por ejemplo, que alguien viaja a Palenque: sin conocimiento previo, sin documentales, sin guía, sin mapa y llegando al sitio lo camina, lo hace suyo a su manera y queda satisfechx. No subió a lo más alto de la pirámide de la cruz, no entró a la cámara de la reina roja, no vio los grafitis hechos por los exploradores de otros siglos, no tomó fotografías. Cuando comparta su experiencia con otrxs podrá hablarles de una mariposa amarilla revoloteando alrededor de una ceiba (o árbol, tal vez no sepa que es ceiba), el arroyuelo y cascada cercanos donde se fue a refrescar, la hermosa puesta de sol entre las dos pirámides… Si quien escucha su relato se encuentra en su misma situación, escuchará complacidx y deleitadx; pero si ha visto el documental o leído el libro o ha recorrido el sitio “correctamente” y con guía, se sentirá en la obligación de darle datos históricos, de explicarle muchas cosas, de hacerle ver todo lo que se perdió, anulará su experiencia. No tenemos libertad de elegir en qué posamos nuestra mirada, tampoco de interpretar eso que vemos de acuerdo a nuestros propios referentes; para eso están lxs expertos: historiadorxs, antropólogxs, críticxs de arte; personas que “saben ver” y que nos pueden ilustrar sobre la “verdadera naturaleza” de lo que observamos.

El ojo se ha convertido en un tirano. Dentro de su imperio se erigen todas las cosas que nos rodean. Con artificial monstruosidad ha desarrollado microscopios y telescopios para permitirnos ver lo que nuestros ojos jamás hubieran podido, a cambio nos pide sólo nuestra total credulidad: eso que estamos viendo es hermoso porque otrxs dicen, terrible si así fue descrito y “el quid del misterio de la vida” si así han decidido llamarle.

Yo, por mi parte, prefiero dudar. Dejo al Todopoderoso encerrado entre tres paredes en lo alto de una pirámide en el billete de un dólar y abro un libro o un cuaderno que me permita, si no la dignidad del conocimiento, la libertad de la imaginación.

8M: La ola violeta

Hay un Día Internacional de la Mujer porque de cada 10 analfabetxs, 7 son mujeres o niñas.

8M: La ola violeta

El 8 de marzo se conmemora el Día Internacional de la Mujer Trabajadora en honor a 140 costureras que fueron asesinadas mediante un incendio provocado por exigir derechos laborales en la fábrica de camisas Triangle Shirtwaist de Nueva York en 1911. Este aniversario luctuoso, se convirtió en un símbolo de la lucha de las mujeres por mejorar sus condiciones, ser reconocidas y buscar una igualdad jurídica, laboral, social y familiar. El Día de la Mujer no es una celebración por lo que es totalmente equívoco felicitarnos en esta fecha o aprovechar la ocasión para regalar flores y chocolates a las que no los recibimos el día de las madres. El día de la mujer es una fecha para visibilizar el trabajo diario y los esfuerzos de las mujeres por equilibrar un mundo que aunque hacemos funcionar disfrutamos y usufructuamos en mucha menor medida que los varones.

Alrededor del mundo, el día de la mujer se realizan diversas actividades políticas demandando respeto por nuestra vida, cuerpos y derechos. Para quienes todavía se preguntan por qué se necesita un día como este, les regalo algunas de las razones que a mí se me ocurrieron (afirmo sin temor a equivocarme que deben haber cientos más):

1.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque en tiempos de paz el lugar más peligroso para una mujer o niña es su propia casa.

2.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque se necesita hacer conciencia de que estamos siendo violadas, explotadas, asesinadas, minimizadas, sometidas en miles de lugares y formas todos los días, desde que se instauró el patriarcado.

3.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque cuando ellos quieren defender nuestros derechos, dicen que no deben matarnos porque somos SUS madres, hijas, hermanas, esposas…

4.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque de cada 10 analfabetxs, 7 son mujeres o niñas.

5.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque 6 mujeres son asesinadas al día, sólo en nuestro país.

6.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque si eres asesinada, los medios te culparán a ti.

7.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque en la mayor parte de los países es legal despedir a alguien por estar embarazada.

8.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque las lesbianas son discriminadas e invisibilizadas dentro de la propia lucha feminista.

9.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque en muchas culturas todavía se le exige dote a la familia de la novia.

10.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque todavía hay países que practican la ablación.

11.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque aún somos las cuidadoras del 70% de lxs niñxs, lxs enfermxs y lxs ancianxs del mundo.

12.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque 6 de cada 10 mujeres migrantes son violadas antes de llegar a su lugar de destino.

13.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque todavía hay países en los que es legal el matrimonio infantil.

14.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque las mujeres transexuales son la población humana más asesinada del mundo.

15.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque si viajas con una o varias amigas seguirán diciendo que estaban “solas”.

16.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque aunque somos presionadas a ser madres, no nos dejan amamantar en público.

17.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque seguimos ganando hasta el 30% menos por hacer el mismo trabajo.

18.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque cuando solicitan hombres para un trabajo no les parece “indispensable” la “buena presentación”.

19.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque si eres violada te preguntarán qué llevabas puesto.

20.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque cerca del 70% de las víctimas de trata son mujeres

21.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque hoy día 12 países penalizan el aborto con cárcel, 5 de ellos sin importar si fue espontáneo.

22.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque todavía se lapidan “adúlteras” y “prostitutas” en las plazas públicas.

23.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque seguimos siendo juzgadas por nuestra forma de vestir.

24.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque si el trabajo sexual es ilegal a quien se castiga es a quien lo ejerce y no a quien lo consume.

25.- Hay un Día Internacional de la Mujer porque, en los últimos años, el feminicidio ha aumentado 68% a nivel global.

Este 8 de marzo, sé parte de este movimiento universal, únete al paro, a las manifestaciones públicas de repudio a los crímenes y los abusos contra mujeres y niñas. Infórmate y participa.

#8M

#NosotrasParamos

#NiUnaMenos

#VivasNosQueremos

Dulces lapsus de cordura para la mujer moderna

Rosario Castellanos, pionera en todo, se desnuda en este poema y pone su dedo -casi puntiagudo- en la llaga de millones

Dulces lapsus de cordura

para la mujer moderna

A veces ( y no trates

de restarle importancia

diciendo que no ocurre con frecuencia)

se te quiebra la vara con que mides,

se te extravia la brújula

y ya no tienes nada.

El día se convierte en una sucesión

de hechos incoherentes, de funciones

que vas desempeñando por inercia y por hábito.

Y lo vives. Y dictas el oficio

a quienes corresponde. Y le das la clase

lo mismo a los alumnos inscritos que al oyente

Y en la noche redactas el texto que la imprenta

devorará mañana.

Y vigilas (oh, sólo por encima)

la marcha de la casa, la perfecta

coordinación de múltiples programas

-porque el hijo mayor ya viste de etiqueta

para ir de chambelán a un baile de quince años

y el menor quiere ser futbolista y el de en medio

tiene un póster del Che junto a su tocadiscos.

Y repasas las cuentas del gasto y reflexionas

junto a la cocinera, sobre el costo

de la vida y el ars magna combinatoria

del que surge el menú posible y cotidiano.

Y aún tienes voluntad para desmaquillarte

y ponerte la crema nutritiva y aún leer

algunas líneas antes de consumir la lámpara.

Y en la oscuridad, en el umbral del sueño,

echas de menos lo que se ha perdido:

el diamante de más precio, la cata

de marear, el libro

con cien preguntas básicas (y sus correspondientes

respuestas) para un diálogo

elemental siquiera con la Esfinge.

Y tienes la penosa sensación

de que en el crucigrama se deslizó una errata

que lo hace irresoluble.

Y deletreas el nombre del Caos. Y no puedes

dormir si no destapas

el frasco de pastillas y si no tragas una

en la que se condensa,

químicamente pura, la ordenación del mundo.

“Valium 10”, Rosario Castellanos

Funcionar. Seguir funcionando. Contra todo pronóstico: día y noche durante los 200 hábiles del calendario escolar. Durante las evaluaciones y los extraordinarios. Durante las vacaciones con hijxs. Dar la clase. Investigar. Producir. Parecer normal. Vestirse adecuadamente a tu rango, edad, color de piel, tipo de cuerpo; no verte frívola, descuidada, provocativa ni anticuada. Morir de pie, como un árbol. Despertar viva al otro día, azorada y no tan agradecida… Seguir… Seguir sin descanso… Pocas académicas confiesan esto; pocas madres, esposas, hijas: el costo de mantenerse cuerda es aceptar, como Castellanos, que se ha enloquecido.

La mayor parte de las escritoras mexicanas anteriores a los ochenta tomaron medicina psiquiátrica; muchas, inclusive, estuvieron internadas en instituciones de “salud mental”. Opio, Valium, Diazepam, Prozac, Xanax, Rivotril se administran a destajo a señoras agotadas, dependiendo de la moda de época: las mujeres siempre hemos estado locas.

Rosario Castellanos, pionera en todo, se desnuda en este poema y pone su dedo -casi puntiagudo- en la llaga de millones; las sobresalientes mujeres profesionistas habrán de pagar su ambición con jirones de estabilidad, prestigio y bonhomía, llevarán existencias sobresaltadas y sin cuartel y -probablemente- necesitarán drogas para ordenarse y mantenerse.

Valium 10 es el grito desesperado de la buena madre, la buena maestra, la buena ama de casa que no puede más y a la que nadie mira. Castellanos, visionaria y siempre vigente, nos regala una pregunta tácita a la que ni la Esfinge le ha dedicado siquiera un triste acertijo sin respuesta.

Memento Mori

Manrique siguió haciéndome versos en la cabeza.

Memento mori

Días raros, días extraños de estar en casa. Enferma, un poquito deprimida; días de pensar la vida de presente a pasado. “Pensar” como si fuera un acto voluntario, más bien “ser visitada por los recuerdos”, a los que -de pronto- les di permiso de regresar. Tosiendo, moqueando, sudando frío, delirando a ratos, dormitando, vomitando… así se llegó la presentación de Cangrejo, poesía sobre el cáncer de mi madre, poemario sobre su muerte, sobre mi duelo sin resignación, todavía… Y aquí y ahí frente a todxs, mientras leía los poemas, volvía a mi cabeza otro recuerdo: yo, joven universitaria de segundo semestre descubriendo por vez primera las Coplas a la muerte de su padre:

Recuerde el alma dormida,

avive el seso e despierte

contemplando

cómo se passa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando;

cuán presto se va el plazer,

cómo, después de acordado,

da dolor;

cómo, a nuestro parescer,

cualquiere tiempo passado

fue mejor”

Yo tocada, yo conmovida, yo hecha trizas por el dolor que se quedó intacto en un verso sin tiempo: yo adelantándome a mi propia pérdida, obnubilada por la patética belleza de las palabras de don Georgivs Manriqve Toletanvs, que 522 años antes había llorado a su padre, el rey, en el más funesto de sus días. Lo había olvidado, había olvidado a Jorge Manrique, sus coplas y la impresión tan grande que me causaron, pero bastaba una gripe extraña para hacerlos emerger de mí, de donde sea que en mi cuerpo estaban alojados…

El libro se presentó en una conmovedora lectura íntima. Mi voz, agrietada y temblorosa confesó todo el dolor de lo vivido. Abracé, me abrazaron: sobreviví a una más de mis empresas imposibles. Volví a casa a convalecer. Manrique siguió haciéndome versos en la cabeza.

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